Las calles de la ciudad volverán a ser reflejo de una excelente noticia que la verdad me tiene –y espero que a usted también- rebosante de alegría: regresa la restricción vehicular, según anunció recientemente el Ministerio de Obras Públicas y Transportes (MOPT), que espera, a más tardar la próxima semana, después de la respectiva publicación del decreto en La Gaceta, aplicar de nueva la prohibición de circular un día a la semana de acuerdo con el número de placa.

Con la fe de que no aparezca ninguna traba en el camino, auspiciada por personajes en extremo legalistas pero de escaso sentido práctico, próximamente estaríamos saliendo del laberinto en que nos han metido desde la eliminación de la medida.  Estoy de acuerdo con sus detractores: esta no es la solución al grave problema de subdesarrollo vial que vivimos a causa de la inoperancia y el festín de intereses encontrados que, disfrazados de concesiones, apelaciones y “salacuartazos”, nos mantienen con las luces de alerta encendidas desde hace más de dos décadas. Es cierto: se requieren mentes visionarias y progresistas –algo de lo que hemos carecido- que nos doten de una infraestructura vial desarrollada, como en otros países hermanos, donde cuentan con un moderno sistema de obras públicas y transporte.  Pero ante la falta de lo anterior, nos veíamos obligados a aplicar paliativos de urgencia, como la restricción vehicular, para controlar el caos que experimentamos a diario en las horas pico. Y es que si no es así, ¿cómo? Nuestras limitadas carreteras ya no dan abasto para tanto carro. Simplemente no cabemos. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que si sacamos de circulación los BM, los Mercedes y los Audi, y los reemplazamos por las “carcachitas de antaño” el panorama vial no dista mucho del que vemos hoy. No es ningún secreto que durante los últimos 20 ó 30 años, salvo algunos asomos de superación que no erradican el mal de raíz, seguimos manejando en calles del tercer mundo, con la única diferencia que en la actualidad contamos con una flotilla vehicular del primer mundo.   Resulta habitual, sobre todo luego de eliminada la restricción, ver las autopistas convertidas en parqueos masivos al aire libre, en los que nunca falta algún desesperado, pegado al pito, profiriendo ofensas contra quienes entorpecen su atropellado peregrinaje. Cómo si fuera culpa de los otros conductores que a lo mejor están igual o peor de ofuscados que el temerario que con su actitud solo contribuye a agravar el caos, olvidándose de la cortesía y tranquilidad que debería prevalecer en estos casos. Aunque la verdad, menudo reto debe ser tratar de guardar la compostura en medio de semejante vorágine, sin duda una tormentosa prueba de capacidad de autocontrol y dominio del estrés en situaciones de presión extrema.

Insisten nuestras autoridades de Tránsito que una de las principales causas de las muertes en carreteras, es la irresponsabilidad al volante, pero olvidan que uno de los mayores desencadenantes de esa irresponsabilidad es la falta de condiciones adecuadas para desenvolverse civilizadamente sobre el asfalto. Porque no cabe duda que manejar en nuestro país hoy en día  es un suplicio, una pesadilla, un martirio… Algunos logran salir airosos otros más bien fracasan en el intento ¿Es que acaso alguien puede ser cortés, en medio de una presa kilométrica en una calle de dos carriles que avanza a una velocidad diametralmente opuesta a la que corren las manecillas del reloj cuando vamos tarde al trabajo? Y, si para peores, le damos vía libre a la gente para que saque el carro cuando le venga en gana, la situación se torna trágica no solo para los conductores, si no también para nuestra alicaída infraestructura, nuestro ambiente, nuestra factura petrolera, nuestro sentido de la cortesía y hasta para nuestro lugar de honor en el índice de felicidad mundial. Afortunadamente, en esta ocasión, el MOPT se apuró a corregir el entuerto señalado por la Sala IV y devolvernos el único alivio del que gozábamos para circular en carretera con relativa calma, a la espera de que se nos cumpla el ansiado deseo que venimos clamando desde hace rato: una ciudad con una infraestructura vial, moderna, amplia y desarrollada. Mientras llega ese día, por el momento, solo atino a exclamar: ¡Bienvenida de vuelta restricción! ¡Cuánta falta nos hacías!

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