Hay fenómenos que escapan al entendimiento humano. Y no hablo de nada relacionado a ciencia, economía, física o religión, me refiero simplemente a lo que estamos viviendo desde el pasado 11 de junio con el Mundial de Sudáfrica. Por más que los expertos se aventuren a lanzar conjeturas sociológicas sobre la pasión desmedida que el fútbol puede generar, no logro explicarme cómo una pequeña esférica puede causar una vorágine de intensas emociones en otra esférica mucho más grande: el planeta Tierra.

Sea por su efecto integrador, su capacidad aglutinadora o su poder de comprensión mutua entre las naciones en un lenguaje universal, he llegado a la conclusión de que el mayor evento deportivo no es algo que se debe explicar o entender, si no simplemente vivirlo y vivirlo al máximo… Cada uno, enfundado en los colores de su equipo favorito, participa de una fiesta deportiva que nos hace vibrar de emoción, sea en las graderías del estadio, a escasos metros del magno espectáculo o a miles de kilómetros, frente a la radio o el televisor, todos nos dejamos encantar por la magia del fútbol, con sus partidos de infarto, sus jugadas de ensueño, sus goles de antología.

El mundo experimenta una repentina explosión demográfica propiciada por quienes, buscando consuelo ante la no participación de su país de origen, como es el caso de Costa Rica, se hacen de países adoptivos para gritar y sufrir con la misma intensidad que lo haría un hincha de nacimiento. ¡Vaya fenómeno más curioso! De nuevo, no sé cómo explicarlo, lo que le puedo recomendar es que lo viva. Sea uno más de los argentinos, brasileños, ingleses, alemanes o holandeses que bregarán por el cetro preciado. No se quede sin apoyar a la distancia a su equipo predilecto. Participe de los pronósticos, las especulaciones, los juegos de números, y demás cábalas futboleras… no se va a arrepentir de ser parte de la manifestación por excelencia del poder de la globalización: la Copa Mundial, toda una cultura alrededor del balón, aderezada con  bailes, vestimentas, cánticos, celebraciones y demás particularidades propias de un país con el sabor y alegría del continente africano.

Se dará cuenta como  aficionados o no, todos, como por un asunto de cultura general, comenzamos a hablar de fútbol entre amigos, familia, compañeros de trabajo y hasta con desconocidos, aunque en el fondo no seamos muy diestros en el tema. Nos encontramos con que todo gira alrededor del fútbol, se convierte en un tema de conversación obligado que nos une en un sentimiento de hermandad idílico. Todo lo demás pasa a un segundo plano: la crisis, el aumento de  los diputados, el tormentoso primer mes de Laura Chinchilla. Más de uno le debe estar agradeciendo a la FIFA por este bálsamo en medio de la tempestad. Independientemente de la religión, credo político, ideología, sexo o edad, el mundo se vuelve uno solo y al grito de gol, los problemas se olvidan.

Embelesada, la humanidad entra en una especie de impasse de 30 días donde las diferencias quedan de lado para entregarnos por completo a la adrenalina pura de 90 minutos de acciones trepidantes. ¡Cómo nos hace falta vivir mundiales más seguidos! Lejos de las guerras, los conflictos, la violencia, y demás flagelos globales, entramos en una especie de sueño utópico de paz mundial que resuelve sus discrepancias –literalmente- a las patadas. Con el rodar del balón, rueda también por nuestros pueblos un espíritu de tolerancia que nos invita a solucionar las diferencias bajo las reglas del fair play. 

El país y el mundo estarán ocupados hasta el próximo 11 de julio, participando de una fiesta única donde, al ritmo del waka waka (himno oficial del mundial) y con el pitido ensordecedor de las vuvuzelas,  los 32 equipos saltarán a la cancha a librar duelos decisivos en búsqueda de goles que retumbarán en las gargantas de millones de aficionados y de victorias que quedarán para la historia del  mayor evento deportivo del planeta.  Por eso aprovéchela, vívala y únase a la histeria colectiva que desata cada uno de los partidos de este bendito deporte que no deja de cautivar con su magia a aquellos que somos verdaderos fiebres de corazón. ¡No trate de entender su pasión, solo disfrútela al máximo!

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