Me ha ayudado en trabajos universitarios, a mantenerme cerca de mis familiares, a informarme de temas de actualidad, a estar actualizado sobre el desarrollo de mi profesión… Pero jamás me imaginé que podía ser una herramienta de tan alto valor sentimental al llegar a convertirse en una vía de feliz reencuentro con preciados amigos que dejé de ver hacer más de 15 años, desde la salida de mi querida escuela Saint Joseph, en Moravia.

Fue gracias a las ventajas del Internet que nos ha convertido en una cada vez más cercana aldea global que pude ubicar a uno de ellos –más bien él me ubicó a mi- y luego, como en efecto dominó, fueron cayendo a mi Facebook la invitación de todos los demás, o al menos, de la mayoría de ellos.

Uno a uno, al  mejor estilo de la canción de los vocales que cantamos en la escuela –a mi me tocó ser la U- fueron desfilando por dicha red social. Ahí estaban, como en Los Pitufos, el intelectual, el bromista, el dormilón, el tímido, el deportista, el galán… entre otros y otras que, con su personalidad y carácter, le dieron a esa inolvidable generación del 95 ese toque particular que nos convirtió en un grupo de amigos sumamente unidos y apreciados hasta por la más mártir de nuestras adorables maestras que, con cada cana que peinan hoy, sin duda recuerdan nuestras travesuras del ayer.

Cuando me di cuenta estábamos juntos de nuevo, tal vez no físicamente, como en nuestros años mozos de siestas, mejengas y rabietas, pero sí de forma virtual, que en estos ajetreados tiempos cotidianos, ya es mucho decir. Hasta ese día, en que incluso me uní al grupo de la generación 95, donde subieron una selecta galería de fotos del recuerdo, me enteré, por ejemplo, que algunos ya están casados y con hijos, otros, estudiando en el extranjero y hasta me encontré unas excompañeras a las que veía frecuentemente en el gimnasio pero ignoraba que fueran ellas. Vaya mundo más pequeño.

Y es que es inevitable acordarse más de unos que de otros –el tren del tiempo no pasa en vano- pero el solo hecho de saber que compartieron conmigo una época especial, caracterizada por las típicas manías de chiquillo rebelde, que en mi caso eran ir perfectamente peinado e impecablemente vestido sin una sola arruga en las faldas de la camisa –mi mamá no me deja mentir- es motivo suficiente para ocupar un lugar muy importante en la mente y corazón de quien tuvo el honor de ser parte de un pasado inolvidable que estamos dispuestos a revivir, ya no al ritmo de vals en el Día de la Madre o vestidos del Ratón Vaquero, sino en una fiesta de excompañeros que estamos obligados a realizar para auscultar en el profundo baúl colectivo de los recuerdos de infancia.

Porque hasta el momento solo los he contactado en redes sociales, y la verdad no es lo mismo verlos en fotos, que ya en persona alrededor de una amena tertulia en una mesa de tragos, algo que parecería imposible en esta época exclusiva de encuentros impersonales, propiciada por la explosión de las nuevas tecnologías de la información, pero que pensándolo bien también tienen sus ventajes pues si no hubiera sido por ellas, cómplices directos en mi misión de reencuentro, difícilmente habría logrado el ansiado cometido.

Por eso, aunque mi tía diga que ahora hasta en Plutón saben de mi, no dejo de agradecer a Internet y a las redes sociales que gracias a la pérdida de privacidad a que me han arrastrado, hoy gozo de la enorme satisfacción de volver a estar cerca de todos ellos. Si eso significa enfrentarme al peligro de que venga un alienígena plutoniano a secuestrarme, he de admitir que bien vale la pena correr el riesgo. Todo sea por mis amigos del alma.

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