“Lo que las ideologías dividen al hombre, el amor con sus hilos los une en su nombre”, reza un estribillo de la canción Ella y El de Ricardo Arjona. No me había percatado de cuan cierta es la frase hasta hace poco que asistí a la boda de mi prima y vi retratada una situación similar a la que nos describe el intérprete en su conocido tema musical, con la diferencia de que, en la realidad, ella no era de La Habana, sino de San José, y él no era de Nueva York sino de Ucrania.

Apuesto que de entrada, cuando los presentaron durante sus años de estudios superiores en la Universidad de Yale, el ahora esposo, con costos, podía ubicar en el mapa el país de donde procedía aquella mujer que recién conocía, sin imaginar, que años más tarde, se verían sellando su compromiso de amor, en los jardines de un paradisíaco lugar de la ciudad estadounidense de Boston. Allí, entre gradas de piedra, paisajes de ensueño, muebles de madera fina y cadenciosas melodías instrumentales, mientras veía a mi prima, hermosa como nunca, con su cara de niña de siempre, desfilar rumbo al altar, reflexionaba sobre el verdadero poder de ese sentimiento capaz de conciliar las diferencias cuando hay de por medio la ilusión de un proyecto de vida en común que no conoce de ideologías, religiones ni credos políticos.

Él de Ucrania, allá en Europa Oriental, con uno de los ejércitos más grandes, de religión cristiana ortodoxa y con 46,2 millones de habitantes. Ella de Costa Rica, un pequeño país de Centroamérica, sin ejército, de mayoría católica y con escasos 4,5 millones de habitantes. Aún desconozco que tendrán en común ambas naciones, lo cierto del caso, es que dos de sus hijos pródigos, encontraron en el amor la receta perfecta para derribar los muros de la geografía y hasta de las barreras culturales.

¡Vaya lección de tolerancia y respeto de la que muchos deberíamos de aprender!  Y es que junto a la fe que describía en un anterior artículo sobre la romería, aquel inolvidable 14 de agosto descubrí, en mi condición de privilegiado miembro de la selecta y cosmopolita lista de invitados a una boda de carácter intercultural, (mezcló las tradiciones de la fe católica con las propias de la religión ortodoxa) una fuerza aún más poderosa que no conoce de discrepancias de ninguna estirpe.

Simplemente se expresa de la misma forma sin importar el idioma, creencias, ideologías ni absurdos radicalismos que obnubilan el pensamiento y minan el potencial milagroso de un corazón humano henchido de amor. Si no que lo digamos los presentes en la ceremonia, donde a pesar de haber latinos, estadounidenses, ucranianos, japoneses y quién sabe cuántas nacionalidades más, todos entendimos, sin necesidades de traductor, la manifestación de amor verdadero entre los contrayentes que nos hablaron en un lenguaje universal por excelencia al que le importa un bledo si somos de izquierda, de centro, de derecha (y como agregaría un amigo) de arriba o de abajo.

Aquí en Costa Rica o allá en Ucrania, entre una pareja de alta sociedad o entre la pareja de labriegos campesinos. En todo lado es lo mismo. Y es que un beso puede que se escriba diferente en español, ruso o ucraniano, pero se expresa de la misma manera y sabe igual sin importar el idioma que hablen las bocas que se lo dan. Lo mismo sucede con el intercambio de miradas cómplices, las manos entrelazadas en señal de pacto de fidelidad eterna, y las risas nerviosas pero en suma orgullosas, tras dar sin miramientos el “Sí”, “Yes” o “Da” (en ruso) de rigor.

Independientemente de la lengua que habláramos en aquella especia de Torre de Babel matrimonial, a diferencia de la original en la que reinó la confusión, en ésta todo estuvo muy claro desde un inicio: Pavlo y Diana se aman. Él no habla español, ella no habla ruso, pero, de no ser porque ambos se comunican en inglés, me atrevo a afirmar que, desde un principio, se habrían entendido a la perfección sin necesidad de las palabras. Entre dos enamorados, basta el efecto seductor del lenguaje no verbal, cuando éste se impone a sus anchas, a través de una caricia o un gesto de amor a ojos cerrados.

Sin proponérselo, los jóvenes esposos despejaron mis dudas alrededor de ese sentimiento tan incomprendido que es el amor, motivo de alegrías y desengaños, fuente de inspiración para Neruda, causa de muerte para Shakespeare, pero fuerza de unión indisoluble para quienes encuentran en el la respuesta a sus interrogantes existenciales sobre el significado de la felicidad eterna en pareja que estoy seguro ya descubrió mi prima al lado de su amado marido… sin necesidad de muchas palabras, sin necesidad de abrazar una sola religión, un solo idioma o un solo sistema político… en fin, –para que me entiendan mis coterráneos – sin necesidad de tanta carajada.

Definitivamente las ideologías no conocen lo qué es el amor, así como nunca lo supieron, en las estrofas de Arjona, Lenin ni Lincoln, ni Fidel ni Clinton. Pasha y Diana sí que lo saben.

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