Al llegar sentí que me sonreía, feliz de volverme a ver. Un perro echado frente al garaje, cual celoso vigilante a la espera de mi arribo, me da la bienvenida y luego se marcha, abriéndome espacio para ingresar, instándome a dejar atrás la nostalgia que me frenaba a dar ese pequeño salto para mí, pero grande para una mente inquieta, cargada de gratos recuerdos, ávidos por salir del letargo propio del subconsciente.

Parafraseando a Alberto Cortez, en su canción Mi árbol y yo, puedo decirles, que de regreso a mi terruño querido, en  San Juan de Tibás, ahí me estaba esperando como se espera a un amigo. Aquella cálida mañana sabatina, ella me recibió gustosa, con sus brazos abiertos –o debo decir sus puertas abiertas- para hacer juntos un hermoso viaje al pasado.

El portón del garaje fue el umbral, no hacia lo desconocido, sino hacia lo de sobra conocido, la frontera que marcó el punto de partida de un recorrido especial a lo largo de un sinnúmero de pasajes inolvidables que moldearon una de las etapas más bellas de mi vida, esa a la que le debo lo que soy hoy en día, con mis virtudes y defectos, pero humano al fin que se conmueve, frente al valor sentimental de lo material que también nos roba lágrimas al recordar.

Estaba frente a mí, vacía, desolada, un poco deteriorada por el paso inexorable del tiempo, pero con una sensación de acogimiento y un olor a cálido hogar, intactos como el primer día. Mientras entraba por una de las puertas laterales que accedía a lo que era una pequeña sala de estar –en ese momento podía recitar de memoria donde se ubicaba cada una de sus secciones, con adornos y mobiliario incluidos –  volví a ser niño por unos instantes, transportado por la gracia de esas miradas en retrospectiva que nos brinda la memoria cuando echamos a volar la imaginación.

Amén del riesgo a que me tachen de loco, confieso que casi la podía oír hablándome. No me reclamaba mi partida, cuando me fui a vivir a Guatemala junto a mi familia y tuvimos que alquilarla. Como la buena amiga que no guarda resentimientos, la noté agradecida por el regreso después de 15 años de ausencia. En cada una de sus marcas de edad –pintura escarapelada, láminas herrumbradas, cielorraso agujereado- vi las arrugas de un rostro de cemento que suma varios lustros de momentos entrañables: los juegos de bola en el garaje, las largas sesiones de estudio junto a mi mamá en la sala, los almuerzos en familia, la emoción de abrir los regalos al pie del árbol de Navidad…

El de ese día fue un recorrido rápido, pero más tarde volví, para tomarme el tiempo de  contemplarla detenidamente y escuchar las historias de infancia que el silencio evocador de sus despintadas paredes me contó con emoción maternal. No sé qué será de ella en un futuro, si se volverá a alquilar o se venderá, de lo que sí estoy seguro es que seguirá siendo mi refugio incondicional, la que me enseñó el significado de un hogar, la que me vio crecer en mis años escolares, la que bajo su techo me guareció en las noches de lluvia, la que me escuchó cantar mis primeras canciones junto a mi papá, la que compartió conmigo la alegría de ver venir al mundo a mis hermanos… Son recuerdos que, entre muchos otros más, tendremos por siempre… mi casa y yo.

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