Estamos perdiendo nuestra fama de gente  pura vida. Esa imagen de alcance universal de que los ticos somos tranquilos, amables y pacíficos, puede que sepamos aparentarla muy bien ante el extranjero, pero frente a nuestros compatriotas,  nos empecinamos en reflejar todo lo contrario, dentro y fuera de los estadios e independientemente de que pertenezcamos o no a las temidas barras bravas.

Sin importar nivel educativo, lugar de residencia, ni clase socioeconómica, el costarricense común y silvestre, que se supone no anda delinquiendo ni con malas juntas, también parece estar llegando a niveles de intolerancia y agresividad alarmantes, según pude constatar recientemente mientras conducía por los alrededores de Calle Blancos.

Atónito, observé como un joven de porte culto e intelectual, nada que ver con el estereotipo de energúmeno garrero o ultra, paró en seco en media calle, y descendió enfurecido de su vehículo para insultar a viva voz a una señora que, saliendo de una gasolinera intentó, quizá imprudentemente, colarse en el tránsito del carril contrario, sin esperarse a ver si, por cortesía, le cedían el espacio.

Si bien es cierto la conductora cometió una equivocación, aún no entiendo qué necesidad había de tan airada escena. Aparte de su manifiesta escasa hombría por tratar de esa forma a una dama, el iracundo muchacho me dejó muy claro que la violencia es un flagelo que no se circunscribe a los estadios, pues más bien se ha extendido, a nuestros más cercanos ámbitos de interacción social, como el hogar, el trabajo, el centro educativo, la comunidad y las carreteras.

La verdad es que en la actualidad no hace falta ir a un estadio para ver actos bochornosos. Afuera nos encontramos también con personas, aparentemente normales y tranquilas, que, como olla de presión, van acumulando stress, tensiones y resentimientos que tarde o temprano, ante la más mínima provocación, la emprenden contra el primer cristiano que se les atraviesa en el camino.

Como una letal amenaza a las más elementales normas de convivencia pacífica, esta espiral de violencia que nos carcome no solo es producto de la penetración de la delincuencia común y organizada,  sino también de la complicidad, por acción u omisión, de personas que, en su vida cotidiana, se olvida de las reglas básicas para vivir en armonía dentro de una sociedad civilizada.

No sé si serán las presas, el estrés, la inseguridad o qué, pero parece que ya muchos prefieren dirimir sus rencillas como en el Viejo Oeste, a fuerza de golpes y gritos, olvidándose del poder conciliador del diálogo, el respeto y la negociación, pilares fundamentales de nuestra democracia.

Los vendedores ambulantes que se enfrentan a pedradas con la policía, los sindicalistas provocando disturbios, los estudiantes agrediendo a los docentes, la falta de cortesía al volante. Ninguno de estos actos es más grave que el zafarrancho, con saldo de heridos y detenidos, ocurrido recientemente en el estadio de San Carlos; es más, y sin pretender defender a las barras –un mal urgente de resolver- hasta me atrevo a decir que los conflictos entre éstas se quedan cortos comparado con el baño de sangre que nos recetan a diario los medios de comunicación a través de noticias que a fuerza de costumbre ya llegamos a ver como habituales.

Yo no veo mayor diferencia entre el hombre que agrede a su esposa y el de la 12 que se da de golpes con uno de la Ultra. Violencia es violencia y punto, sea ésta en la privacidad de un dizque hogar, donde unos pocos son testigos, o en televisión abierta, frente a los ojos de miles en un recinto deportivo. La solución es responsabilidad de todos y no de unos cuántos ni exclusiva del Gobierno. Poco va a lograrse hasta que no nos auto examinemos y asumamos el cambio de actitud y mentalidad como un compromiso personal que debe comenzar en el interior de cada uno. Hagámoslo antes de que terminemos matándonos entre nosotros, sin necesidad de narcos, maras o barras. ¿Pura vida o pura muerte? Es nuestra decisión.

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