20 años no es nada, dice el famoso tango; 30, tampoco es tanto, pero sí suficientes para hacer una carretera que en otros países más visionarios hubiera tomado si acaso la mitad o menos, tomando en cuenta la diferencia en años luz que nos separa del sentido de planificación vial que caracteriza a algunos países vecinos como Panamá.

¿Eso qué es, un río? preguntó incrédula mi abuela el otro día mientras veíamos las noticias. Y la verdad es que la imagen le hacía competencia a la furia del río María Aguilar durante las inundaciones recientes. Pero no. Se trataba de unas tomas de la mentada carretera a Caldera, en un sector, donde a juzgar por la catarata que descendía implacable por los taludes, bien podría practicarse el rafting, sin envidiarle nada a los rápidos del Sarapiquí.

Yo, que sé de ingeniera lo mismo que de astronomía nuclear, confieso que la primera vez que viajé por la nueva pista, la ilusión me duró poco, al observar el tamaño y corte, prácticamente vertical, de esas imponentes laderas que me obligaron a encomendarme a la protección divina para llegar  sano y salvo a mi destino final, aunque con unas cuantas amebas de menos. “Esto en invierno va a estar feo”, pensé en ese momento, como en una suerte de premonición de lo que se vino después con los primeros cierres, derrumbes, quejas y accidentes.

Resistiéndome a salir de esa burbuja de algarabía colectiva que nos embargaba al saber que, después de tres décadas de espera, solo una hora nos separaba de estar en los kioscos degustando un churchill, sospeché que esos pequeños desprendimientos de material eran hechos aislados que serían fácilmente subsanables con algunos trabajitos de mantenimiento y prevención, tan necesarios para cualquier obra de recién estreno.

Pero cuando dichos deslizamientos ya no eran ni tan pequeños, al punto de obligar a cerrar tramos completos de la vía, y comenzaron los hundimientos, las fracturas en la carpeta y los informes de irregularidades, no me quedó más que aceptar la triste realidad: nos metieron gato por liebre. Tal parece que ya ni una carretera podemos hacer bien, por más calendarios que agotemos. Creía que el problema de la ineptitud y lentitud únicamente afloraba con las discusiones de los TLCs, la remodelación del aeropuerto Juan Santamaría, la mina de Crucitas o la modernización de los Puertos del Caribe. Sin embargo, el asunto se está volviendo en un deporte de práctica frecuente en diversos campos de acción pública. Podemos aceptar –aunque no deberíamos- deficiencias como las de  Caldera en una vía antigua como la Ruta 1 pero que no nos vengan con el mismo cuento a tratar de explicar los fallos en una carretera con escasos meses de haberse inaugurada, aparentemente de forma precipitada.

¿Quién es el culpable de tanta sinrazón? No sé ni me interesa. Lo que queremos los costarricenses, antes de señalar culpables, que de poco sirve a estas alturas del partido, más que para sentar las responsabilidades legales del caso, es que nos den las respuestas que nos merecemos por ser nosotros los principales financistas de un proyecto que, tras de todo, aún seguimos pagando con ese montón de peajes que nos recetan de lo más campantes los señores de Autopistas del Sol como si todo marchara a las mil maravillas. Ya sea el MOPT, el Concejo de Concesiones, la empresa constructora o la misma Sala IV –tan dada a meterse últimamente en todo-, no sé, pero que alguien nos saque de este embrollo vial, antes de que, debamos pagar con vidas y heridos la inoperancia de quienes, escudados en burdos pretextos, se limitan a darle largas a un asunto que requiere de acciones correctivas de extrema urgencia.

Yo, de momento, hasta que no me garanticen la total y absoluta seguridad de esa carretera, prefiero irme por rutas alternas, por más tiempo, gasolina e hígado que se me gaste en el intento por llegar algún día. La verdad es que ni la caravana de furgones en Cambronero o las serpenteantes curvas del Monte del Aguacate, se pueden comparar con el sagrado valor de la vida con el que muchos parecen estar jugando por estos lares, donde todo apunta a que vamos a tener que esperar otros 30 años más para transitar por una carretera de verdad.

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