La perfección de su mano creadora no pudo quedar mejor retratada. En cada verde rincón de su extensa biodiversidad, destaca el fino pincel creativo con que Dios dibujó en el mapa esta tierra bendita llamada Costa Rica que guarda en sus entrañas auténticos paraísos naturales como el que recientemente tuve el privilegio de conocer, durante un paseo de fin de semana, junto a unos amigos, a la Península de Osa.

Ubicada en el sur de la provincia de Puntarenas, constituye un refugio natural por excelencia reconocido a nivel mundial por la riqueza de su flora y fauna exóticas. Catalogado por la National Geographic, como el área biológicamente activa más intensa del planeta, la región destaca por mezclar lo mejor de lo nuestro en una pequeña franja de tierra donde podemos encontrar bosque lluvioso, humedales costeros, bosques de montaña, playas y el manglar más grande de toda Centroamérica, el Manglar de Sierpe.

Hogar de delfines, jaguares, pumas, cocodrilos, monos  y por supuesto,  las más buscadas y admiradas del lugar: las imponentes ballenas jorobadas, que en esta época, se adueñan de las atemperadas aguas de Bahía Drake para montar un espectáculo único que queda grabado en la retina de propios y extraños.  El solo verlas emerger a la superficie desde el fondo del océano hace que el viaje de seis horas hasta la zona valga la pena. Ni la difícil maniobra de ingreso al mar por el fuerte oleaje que nos salía al paso ni los mareos de algunas compañeras en la lancha nos pudo detener  en nuestro afán por dejarnos impresionar por la majestuosidad de las reinas de la bahía que cada año, por estas fechas, con sus saltos acrobáticos y coreografías acuáticas, convocan a turistas nacionales y extranjeros para ser testigos de una experiencia mágica en una región de ensueño.

Aunque no la pude conocer completa, lo cual me alegra porque me obliga a volver, ojalá al Parque Nacional Corcovado (otra joya natural de prestigio mundial), lo que vi –Sierpe, Isla del Caño y Bahía Drake- fue suficiente para entender que el amor no solo se da entre personas. También nos podemos enamorar, y a primera vista, de sitios tan hermosos como el que tuve la oportunidad de explorar con lascivia curiosidad. Ajeno al ajetreado ritmo de vida de la ciudad, al descontrolado desarrollo inmobiliario y a la intromisión de las cadenas hoteleras, el Pacífico Sur, a diferencia de otras zonas costeras de nuestro país, sobresale en todo su esplendor, con sus cautivadores verdes parajes, su gente sencilla y emprendedora dedicada al turismo y la pesca, las dulces sinfonías creadas con los sonidos de la naturaleza virgen, las estampas de sus amaneceres y los prismas que reflejan los ocasos de la tarde…

Con la mirada clavada en el horizonte, mientras viajaba en la lancha entre Drake y Sierpe, ya para emprender el viaje de regreso, pensaba en lo bella que es mi Costa Rica. A pesar de sus defectos y problemas sin resolver, debemos sentirnos orgullosos de lo que tenemos. Antes de gastar sumas exorbitantes de dinero en viajes al exterior para observar moles de cemento, mejor volquemos la mirada hacia el interior y dejémonos envolver por los colores, olores y sabores que desprenden las bellezas exóticas que resguardan nuestras fronteras como parte del patrimonio mundial natural.

Hoy, muchos de los extranjeros que envidian nuestros goces, puede que tengan en sus países enormes rascacielos y centros comerciales, pero, en nombre de ese desvirtuado desarrollo, han perdido lo más valioso: el contacto con la naturaleza, con sus raíces, con el aire fresco de la montaña, la brisa inquieta con olor a mar, y el relajante sonido de las olas al reventar.

Cada vez me convenzo más que de ser cierta la leyenda, creo que no solo en la Isla del Coco hay un tesoro escondido; en San Carlos, Puntarenas, Guanacaste, Limón, Osa y en toda Costa Rica hay miles de tesoros esperando por nosotros. ¡Descubrámoslos!

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