A muchos como que ya no les importa que los deje el tren. A diferencia de las prematuras uniones de antes, algunas, producto de las presiones culturales de la época, hoy parece que cada vez estamos más quitados para el matrimonio, según las estadísticas del Registro Civil durante la última década.

Si bien la preocupante revelación de que estamos a dos divorcios por día, debería ponernos a pensar sobre la seriedad o falta de ella con que se asume el juramento del sí eterno, también entresaco otro dato que, sin embargo, no nos debería extrañar tanto a juzgar por los tiempos en que vivimos y lo que uno oye en la calle en conversaciones de amigos, principalmente jóvenes solteros, dentro de los que me incluyo.

Nos dicen los números que mientras la cantidad anual de divorcios subió un 63% en esos diez años, la cifra de matrimonios se estancó y más bien decreció al finalizar la década. A largo plazo podría verse como una noticia positiva pues entre menos bodas, menos posibilidades de divorcios, con sus posteriores traumas psicológicos y económicos para los involucrados y sus hijos. Sin embargo, no nos podemos quedar en un somero análisis cuantitativo.

La explicación del fenómeno lo resumo en algo muy sencillo: un replanteamiento de etapas y de prioridades. No digo que la legislación, la infidelidad, la pérdida de valores o los deseos de juerga eterna a causa de juventudes tardías reprimidas, estén incidiendo, pero más que eso, lo atribuyo a un giro radical de la visión tradicional que manejábamos sobre el matrimonio.

Ya no es un desvelo. Hoy, que una mujer no se haya casado a los 25 años no es tan alarmante como hace unas décadas atrás, cuando se hubiera ganado el mote de solterona. Ya el sueño de las nuevas generaciones va más allá de formar una familia; siempre es un valor importante, pero prefieren postergar la toma de esa crucial decisión con el objetivo de tener el tiempo suficiente para desarrollarse en otros campos, como el académico o el profesional, independientemente del sexo y la edad.

Así que en realidad no se trata de que ahora seamos reacios para las bodas, como pensaría más de uno, suponiendo una preferencia hacia la fiesta, la libertad y el vacilón, sino que, salvo algunas excepciones, en la actualidad no es el principal desvelo de la mayoría de jóvenes solteros, quienes somos conscientes de que en algún momento llegará, pero mientras no se aparezca tampoco lo buscamos. En estos temas, las presiones y las precipitaciones no son buenos consejeros.

Una noticia alentadora. Para nadie es un secreto que la vida de casado, si bien debe ser una etapa de crecimiento mutuo, también conlleva una serie de compromisos y obligaciones que inducen a un cambio de metas. No quiere decir que no se pueda estudiar y trabajar al mismo tiempo o reunirse con los amigos en las noches y cambiar pañales en el día. Claro que sí se pueden combinar los diferentes ámbitos de realización humana; lo que sucede es que lo principal, después del “sí acepto” respectivo, no va a ser pagar los estudios, sino velar porque no falte la comida en el hogar. Porque cuando antepongo mis objetivos individuales a los de pareja o simplemente no los hago compatibles con mi nueva condición, sobrevienen las frustraciones y desapegos que culminan en divorcios.

Desde ese punto de vista, la noticia del estancamiento en los matrimonios es alentadora. Conscientes de la seriedad y responsabilidad que implica la unión, muchos prefieren posponerla para cuando se sientan seguros de a lo que van y que cuenten con la madurez física, emocional y espiritual para dar un paso del que se supone no debería haber marcha atrás. Partiendo de la gran cantidad de divorcios, deducimos que hay personas que no quieren lo mismo para ellos y, antes de ser uno más en la estadística, optan por pensarlo dos veces, aunque tarden un poco más en decidirse, lo cual me parece muy sensato.

Es mejor casarse en el cabús (último vagón) estando preparado que en la locomotora por temor a que el tren lo deje botado.  Mientras me decido cuál abordar, seguiré disfrutando de mi soltería, una etapa que tampoco es del todo mala.

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