¡Hasta donde hemos llegado! Internet ya es capaz hasta de ayudar a botar presidentes. Así es. No se trata de una exageración, es la realidad de un fenómeno que ha quedado en evidencia con las últimas noticias que nos llegan desde el Oriente Medio y el Magreb. Ahí, en medio de la efervescencia social, que ha forzado la salida de algunos mandatarios y tiene a otros al borde del abismo, ha jugado un rol protagónico la capacidad única de organización y movilización social de las redes sociales en la era de las comunicaciones globales. 

Lo vimos en Egipto y, en una suerte de efecto contagio regional, lo presenciamos actualmente con los brotes de sublevación ciudadana en países como Bahréin, Libia y Yemen que no solo comparten la misma ubicación geográfica en el mapa sino también la mala fortuna de ser víctimas de regímenes dictatoriales que aparentemente solo pueden ser removidos a través de movimientos masivos de presión popular que encuentran en la red un gran aliado afín a un anhelo de libertad reprimido a fuerza de sangre y terror.

 En Libia, por ejemplo, cientos de manifestantes se lanzaron a la calle para ser parte del “día de la ira”, un llamado de protesta realizado desde la red social Facebook, en contra la figura del dictador Muamar Gadafi, en el poder desde hace 42 años. Casos similares se han presentado, en los últimos días, en otras naciones de esta conflictiva región, donde a pesar de sus dogmáticas posiciones en temas culturales y religiosos, se han mostrado sumamente abiertos al uso de las nuevas tecnologías como herramientas prácticas de reivindicación social en momentos de tensión política.

Entonces, descubren que si hay algo que de una u otra forma logra escapar al yugo opresor que imponen sus déspotas mandatarios en diversos aspectos de su vida es precisamente el internet, y su gran poder de cohesión social y de comunicación ilimitada sin fronteras, que hace renacer la confianza en que un mejor sistema de gobierno, respetuoso de derechos fundamentales, es posible cuando el pueblo se lo propone y se une bajo una misma bandera de libertad y justicia, acorde con los tiempos contemporáneos.

Ya no son necesarios inmensos esfuerzos físicos de logística y de organización para convocar a masivas protestas ciudadanas, basta con dominar las diversas ventajas y aplicaciones que ofrecen las redes sociales para trasladar una manifestación de rechazo, inicialmente virtual, al campo de la realidad particular de algunos países árabes urgidos de transformaciones profundas en todos su campos.

A lo mejor hoy, lo que puede empezar como un simple “tweet” que rápidamente se propagó masivamente por la red, se puede convertir en un criterio compartido por miles de habitantes hastiados de la opresión. Lo que hasta ese entonces tal vez pocos se animaban a decir por temor a las consecuencias, de repente encuentran en Internet el espacio de desahogo necesario que se les había negado, y cobijados por ese velo de anonimato y respaldo colectivo que ofrece la red, se animan a desafiar la maquinaria oficialista de represión y censura a las opiniones divergentes.

Sin distingos de  ningún tipo, únicamente movidos por un sentimiento compartido de rechazo hacia los gobiernos dictatoriales, encuentran la afinidad necesaria para olvidarse por un momento de sus diferencias de raza, religión, credo político o clase social y unirse en un frente común de acción con el objetivo claro de encontrar senderos más democráticos hacia una mejor calidad de vida.

Toda una lección para muchos gobernantes latinoamericanos que, dados sus ya conocidos antecedentes populistas y autoritarios, deberían, hoy más nunca, poner sus barbas en remojo, empezando por la del anciano de traje verde olivo que los inspira, y empezar a monitorear con mayor frecuencia lo que se dice de ellos en las redes sociales. Apuesto a que más de uno ya debe estar temblando, ante la posibilidad de que en un futuro cercano, baste unos cuantos clicks en “no me gusta” para bajarlos del trono de un solo “facebookazo”. ¡A lo que hemos llegado!

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