Lo prometido es deuda. Y más cuando se trata de seres especiales que se nos adelantaron. Mis lectores, en la Tierra, y él, desde el cielo, eran testigos del compromiso y no los podía defraudar. Así que fiel a mi religiosa costumbre, un fin de semana reciente que estuve de visita en mi pueblo de Pozo Azul, acudí, el mismo día de llegada, a honrar la memoria de mi tío abuelo que falleció el mes pasado.

Lo hice, como chiquillo de escuela, con una gaseosa y unas Tronaditas, un pequeño antojo que la tradición se había encargado de patentizar como parte de mi menú obligado  –además de los helados- cada vez que, desde mi infancia, visito la “cantina familiar” de Morún.

Sentado en la mesa de siempre, acompañado de algunos de sus más cercanos familiares, y observando el partido del equipo de sus amores, la ocasión no pudo pintar mejor para rendirle al padre, abuelo y amigo un sentido homenaje póstumo al que se unieron hasta el Mambo Núñez y la Flecha Barboza con sendos golazos que le dieron la victoria a Herediano sobre Limón y de paso hicieron que el tío se regocijara en su eterna morada y chocara los cinco con San Pedro y su séquito de guardianes celestiales.

Con el perdón de mi equipo morado, debo confesar que por un momento me volví seguidor  florense, con todas las angustias y colerones que eso conlleva. Sin embargo ninguna aflicción futbolística podía en ese momento minar la satisfacción que me embargaba al gozar del privilegio de compartir con ellos tan emotivo encuentro. “Ay, el equipo de Carlos”, suspiraba doña Nelcy con un dejo de tristeza que mis condolencias habían logrado disimular, más  no ocultar, cuando minutos antes me acerqué a abrazarla y darle el pésame. “Sin duda, él estaría ahorita muy feliz”, respondí por instinto como tratando de encontrar esa escurridiza frase de consuelo que se esconde en un momento de dolor.

Ahí estaban Carlos Alberto, su nieto y uno de los nuevos administradores del local, Lidiette, su hija, doña Nelcy, su respetable esposa y compañera de mil batallas, y el pequeño de poco más de 1 año, José Julián, quien con sus tambaleantes pasos de caminante primerizo, tropezones y risas de inocencia llenaba de luz el lugar, haciendo que el vacío fuera menor pero acrecentando la nostalgia de saber que su bisabuelo no estaba ahí, al menos físicamente, para presenciar sus travesuras de niño inquieto.

Aún así no hubo campo para lamentos, entre tertulias y miradas atentas al televisor en las jugadas de peligro, el rato se hizo de sobra ameno, como de seguro mi tío abuelo estaría gustoso de ser recordado, fiel al estilo de persona que él era: alegre, conversador, simpático, amable…

Aunque inevitable fue el nudo en la garganta, al ver a José Julián aplaudir y gritar los goles de Heredia, como queriendo imitar la alegría que, en el seno del Padre, debía invadir a su abuelito, no solo por ver al conjunto florense ganar, sino de saber que ya hay alguien que sigue sus pasos. Me quedó claro que no hay nadie en la familia que no sienta la ausencia del ser querido que ya no está pero que aquella noche de sábado bajó del cielo y se sentó a la mesa a compartir con nosotros… como en sus mejores tiempos.

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