Creo que más que una cuesta es una bajada lo que vivimos en enero. De lo contrario no me explico cómo es eso de que recién saliendo de los regalos y las comilonas de diciembre, muchos estén preparando maletas para seguir montados en el patín fiestero, como si nos hubiesen depositado el aguinaldo a principios de este año y no a finales del pasado.

Entonces, la famosa cuesta se convierte en una suerte de caída libre en la que, a bordo de la carreta, muchos se lanzan soplados y sin frenos para no perderse el tradicional alargue del mes de diciembre que se vive en las postrimerías del año, cuando, aún medio adormilados, aletargados e indigestos por las vacaciones, hay más de uno  dispuesto a llegar sin empacho al 50 de diciembre.

Y es que si hay un lugar que para estas fechas se llena más que las casas de empeño es el pueblo protagonista de turno de la seguidilla de fiestas que se nos vienen en enero como si fuera cierto aquello de que en el 2012 el mundo –dicen los mayas- y el guaro –agrego yo- se fueran a acabar. A como veo la cosa, lo único que se nos puede acabar es el presupuesto de juergas.

Palmares, Carrizal, Santa Cruz, Atenas … son solo algunas de las que pude observar el viernes pasado en el periódico con altas expectativas de concurrencia, como parte del variopinto menú de celebración del verano toreado y guareado que nos espera hasta que el sol nos lo permita y el cuerpo  y la billetera aguanten.

Bien dicen que puede faltar plata para cualquier cosa, menos para la fiesta. Así somos los ticos. Tanto que nos quejamos de la mentada cuesta de enero. Y puede ser que sí, no lo dudo que hay mucha gente viéndosela a palitos para cumplir con sus obligaciones en medio del torbellino de alzas que el Gobierno, como es habitual, gusta darnos de regalo de año nuevo. Pero lo irónico del caso es que mientras hay algunos obligados a estirar el salario para que no le falte el arroz y los frijoles en su mesa, hay otros en cuya mesa no sólo sobra la comida sino también las águilas y los caciques.

Y no es que esté mal irse de fiesta. ¡No, para nada! Al final de cuentas, cada quien hace con su dinero lo que quiera. Lo que no me parece es que nos agarre la habladera por el costo de la vida, la inflación, el incremento en la canasta básica y demás batacazos económicos si al mismo tiempo que nos quejamos ya vamos llegando a Palmares por la pista. ¿Entonces?

Y no es que nos vamos a volver unos ermitaños aguafiestas y antisociales so pretexto de que hay que ahorrar para superar la cuesta de enero, febrero, marzo y del resto del año. ¡Tampoco el abuso! Se trata de encontrar el balance entre diversión y obligación así como aprender a establecer prioridades. Porque si nos esperamos a salir de la crisis para poder echarnos una birrita con los compas, es muy probable que, de tanto esperar, se nos caliente y la verdad así sabe muy fea. Lo que no se vale es que por culpa de esa birrita dejemos de pagar el préstamo, la casa, o los útiles escolares.

Todo es cuestión de sensatez, disciplina y cultura de ahorro, creo que si tuviéramos la dosis suficiente de las tres, muchos podríamos saltar la cuesta de enero con garrocha y hasta sobrarnos un poquito para la fiesta que no nos puede faltar por más habladas y artículos como estos que se escriban. ¡Salud y nos vemos en Palmares!

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