¿Altas o bajas? No sé cómo las preferirá usted. Como para gustos, colores, es probable que cada quien tenga su criterio muy personal. Al menos, en mi caso, yo soy de lo que opta por un punto intermedio, es decir, ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre.

No me refiero al perfil de mujer ideal ni a ningún otro aspecto relacionado a los intrincados misterios del sexo femenino (ese tema quedará para después) sino más bien a otro tópico, también controversial, que nos pone a todos, hombres y mujeres por igual, a meditar sobre la guerra sin cuartel que se libra en nuestras carreteras: las mentadas multas.

Ahora resulta que la Sala IV se nos fue al extremo totalmente opuesto, pasando de lo desproporcionado a lo irracional, al devolver a su monto original de 5 mil colones la sanción económica por conducir a exceso de velocidad, una de las principales causas de accidentes de tránsito y que parece no importarle a gobernantes, diputados, ni magistrados.

Según dicen los entendidos, la Sala emitió una sentencia, no tanto a partir de criterios constitucionales, sino más bien con base a la defensa del llamado principio de proporcionalidad, el cual consideraba excesivo la multa de ¢356.000. Y puede que tengan razón en el contexto socio económico de un país como Costa Rica. Lo que me preocupa es que ahora salga alguien diciendo que 50 años de cárcel por homicidio también le parecen desproporcionados.

Lo ideal, como decía al principio, era establecer un monto “pagable” para el infractor promedio y no una cifra volada que ni con turbo alcanza a las existentes en países del primer mundo. Porque reducirla a lo fijado por la ley anterior de 1993 es prolongar la matanza vial que desde hace tiempo vivimos a vista y paciencia de una clase política más preocupada por recetarnos impuestos que por frenar en seco semejante barbarie.

No hablo de la Sala IV, que es la que menos vela tiene en el entierro, si no a otros señores que, entre rencillas fiscales y pleitos politiqueros, ya perdieron el sentido de la urgencia sobre algo esencial como la defensa de la vida humana, que es al final lo que pretende la nueva ley de tránsito, más allá de si la multa es excesiva o no. El problema es que han pasado dos años y nada. Siguen lirondos en sus curules mientras la muerte se campea a sus anchas en nuestras deterioradas carreteras. ¿Cuánta sangre más deberá derramarse sobre el asfalto?

Si fuéramos un país con una cultura vial debidamente arraigada a todo nivel social esta discusión sobre si las multas son muy altas o bajas carecería de sentido y éste artículo no existiría. Pero como aquí, dentro y fuera de carretera, la ley de tránsito se ve suplantada por la ley de la selva, entonces las multas se convierten en un elemento disuasivo indispensable.

Ojalá algún día aprendamos a conducir de forma civilizada más por amor a la vida que por temor a una multa, sea ésta excesiva o no. Mientras tanto, debido a la falta de cultura y un programa integral de educación vial, no queda otra que seguir tocándonos la billetera a ver si por las malas aprendemos el significado de “prudencia al volante”. Por eso es que entre una multa exageradamente alta (la nueva ley) y otra ridículamente baja (la ley anterior), la verdad es que me quedo con la primera opción. Una diferencia de 351 mil colones entre una y otra nos puede costar más en vidas humanas que en ingresos económicos y he ahí lo grave de volver al pasado.

Aunque el monto de la multa, sea de mil colones o de un millón, debería ser indiferente para el conductor responsable, lo cierto es que en este país, donde muchos no cumplen con  ese requisito, rebajarla a su mínima expresión es casi igual de temerario que la misma conducta al volante que se busca castigar.

Para colmo de males, el MOPT y el COSEVI nos salen con el cuento de que con la reducción se quedarán sin dinero para obras y equipos, dando a entender que dependen de las infracciones para financiar sus proyectos. Ahora entiendo por qué no se invierte en educación vial lo que se debería. La responsabilidad no es negocio para el Gobierno.

Es decir, que para que haya una infraestructura vial desarrollada se requiere que todos nos pongamos a manejar borrachos y a saltarnos los altos. De ser así, puede que algún día lleguemos a tener carreteras de verdad, pero, a como está la cosa, tal vez para entonces ya no haya conductores para transitar en ellas. ¿Hacia dónde vamos?

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