Tendría yo unos 18 años cuando recién ingresado a estudiar Periodismo en la Universidad Latina tuve el privilegio de ser su alumno en la clase de Periodismo de Opinión. Siendo un “chiquillo” que estrenaba cédula, al principio no sabía la clase de señor que tenía al frente, impecablemente vestido de traje entero, echado para atrás en la silla del escritorio, con una mirada de intelectual, escondida tras los gruesos aros de sus anteojos y un verbo perspicaz cargado de conocimiento,  polémica y grandes verdades.

Pero a la vez se asemejaba al abuelito tierno que sentado frente al grupo de inquietos aprendices de periodistas relataba pasajes de la historia de Costa Rica como si estuviera en el sofá de su casa contándole cuentos infantiles a sus nietos. Nunca nos habló de periodismo de opinión (él decía que a nadie se le puede enseñar a opinar), prefería ilustrarnos, con una facilidad de palabra y lucidez admirables para su edad, sobre la fundación de la Segunda República o los años gloriosos de don Pepe Figueres. Y no era para menos. Es que lejos de haber tenido que sumergirse en literatura histórica para reconstruir lo que narraba, muchos de los hechos que explicaba esas tardes de edificante tertulia, los dominaba al dedillo porque precisamente él fue protagonista.

Era como si estuviera contando la historia de su vida, llena de recuerdos, anécdotas, experiencias y lecciones que lo llevaron a forjar el carácter, la ética y el carisma característicos de un ciudadano intachable que recientemente el país le premió su aporte al hacerlo acreedor del Premio Nacional de Periodismo Pío Víquez. ¡Más que merecido!

En una reciente entrevista que le hicieron en Pelando el Ojo, decía que lo único que le hacía falta era morirse. Aunque los años no pasan en vano, ojalá Dios no le haga caso y nos lo preste por muchos años más. En estos tiempos modernos de incertidumbre, necesitamos que su bagaje cultural y su moral indoblegable, sirvan de faro en la tempestad.

Servidor nato. Creo que a estas alturas ya saben muy bien de quien estoy hablando. Ese mismo. El inigualable y siempre controvertido, don Alberto Cañas Escalante, conocido cariñosamente como don Beto, a quien yo considero como uno de los últimos representantes de una clase política hoy en extinción (a la cual también perteneció don Jorge Manuel Dengo) que se dedicó a SERVIR a la nación como los grandes patriotas.

Cuando era estudiante de él, con costos conocía su trayectoria, pero diez años después, puedo afirmar con conocimiento de causa, que es una de las mentes más brillantes de la Costa Rica de la segunda mitad del Siglo XX. Multifacético por naturaleza y honrado por convicción, la excelencia lo acompañaron en los distintos campos que se desempeñó: Escritor, periodista, abogado, dramaturgo, diplomático, profesor, crítico de literatura, lector empedernido… Fue bueno en todo lo que hizo y dejó huella, una huella que sigue vigente desde las páginas de La República con su centenaria columna Chisporroteos, con su verbo incandescente y directo en el programa radiofónico Así es la Cosa, y con sus magistrales lecciones universitarias, que nos ponía a más de uno a pasar un buen rato con la pantalla de la computadora en blanco tratando de hilvanar algunas ideas que se ganaran algún cumplido de la eminencia que las iba a revisar.

Valiosas lecciones. Al final nos devolvía los trabajos llenos de tachones, círculos y marcas en lapicero rojo. Nunca le pegué un 100 –aunque hubo compañeros que sí- , tal vez la más alta un 90, pero hoy, viéndolo en retrospectiva, creo que de no haber sido por sus regaños, consejos y redacciones destrozadas, no sería el periodista que soy y tal vez este artículo no existiría.

Y aunque cuando lo lea, me lo deje teñido de rojo como en mis años universitarios, sirvan estas líneas de homenaje, en nombre de sus exalumnos de la U Latina San Pedro, para un ciudadano de incuestionable probidad y un profesor insigne que marcó el porvenir de una generación de profesionales comprometidos con honrar su legado excepcional. ¡Muchas gracias, don Beto!

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