Si allá en el cielo, el tiempo perdido hasta los santos lo lloran, con más razón nosotros acá abajo que, en medio del trajín diario terrenal, ni cuenta nos damos del paso veloz de los almanaques hasta que ya es demasiado tarde y de nada valen los lamentos.

¡Claro! A no todos les pasa, hay quienes viven apocalípticamente, a paso tan acelerado, pensando siempre que hoy puede ser su última día, que no se detienen ni un minuto a reparar en lo que se están perdiendo por ir tan de prisa… el cantar de los pájaros al amanecer, un bello atardecer en la playa, las risas inocentes de un niño…

En esto lo mejor es buscar el balance, un punto intermedio, donde al final del camino, podamos exclamar orgullosos: Viví y no solo me limité a existir o a vagar por ahí en inercia absurda, como diría Ricardo Arjona. Aprendí del pasado, viví el presente y no me preocupé por el futuro debería ser el rótulo de bienvenida en la casa de San Pedro donde todos esperamos ser convocados algún día, ojalá lejano, convencidos de que en la morada celestial no importa mucho si es ayer, hoy o mañana.

Decir que el tiempo pasa volando es un lugar común, tan común que en ocasiones desestimamos la verdad irrefutable que encierra dicha afirmación por más cliché que suene. No es hasta que vivimos ciertos acontecimientos que recibimos la campanada de advertencia sobre la velocidad con que transcurre el tiempo, mientras más de uno sigue, cual Chapulín Colorado, creyendo en chicharras paralizadoras para detener mágicamente los segundos.

¿A qué viene toda esta verborrea existencialista?, se estará preguntando usted. Simplemente a que si un evento especial en la vida de algún ser querido lo pone a uno a filosofar sobre el enigma ancestral del tiempo, peor aún si son dos seguidos, realizados con una semana de diferencia, margen insuficiente para digerir el  golpe sentimental que implica ser testigo de un quince años y una boda de dos dignas representantes del pelotón guanacasteco de primas que me manejo.

De repente, mientras ambas, protagonistas de una bella transición en la vida de cualquier mujer (de niña a mujer y de novia a esposa), caminaban hacia el altar, impecablemente enfundadas en sus lindos vestidos -fucsia para la quinceañera, blanco para la novia- no podía más que preguntarme… ¿en qué momento?

¿En qué momento, la bebé, la pequeña vaquerita ojitos de aceituna, cambió sus tenis de corretear y ensuciarse en la finca por los zapatos abiertos de tacón de ir a bailar a la pista?

¿En qué momento, la macha, a la que llevaba a San Ramón, para asistir a sus clases universitarias, cambió los libros y los exámenes por pañales y juguetes que está a punto de estrenar con el bebé que ilumina su vientre?

¿En qué momento pasé yo de chinear a una en mis brazos a ser su pareja de baile en su fiesta de cumpleaños? ¿En qué momento, la otra, pasó de acompañarnos en los paseos de primos al río a acompañar a su hoy esposo en la construcción de su nuevo hogar? ¿En qué momento…?

Si 20 años no son nada, como dice el tango, 15, menos, pero sí los suficientes para evocar esas pequeñas cosas que van haciendo grande la vida, de mis primas y de cualquier persona en el mundo. Ambas celebraron  por diversos motivos pero unidas por un sentimiento de felicidad y un corazón henchido de gratitud para con Dios, sus familiares y amigos que las acompañaron. Una, con resabios de inocencia infantil, otra más madura, una más reservada, la otra más extrovertida, cada una a su manera vivió la realización de un sueño del que muchos de sus seres queridos fuimos orgullosos testigos.

Siempre que suceden acontecimientos de este tipo es inevitable regocijarse  por  el logro del familiar en su vida personal, laboral o académica, pero a la vez, no sé por qué, aparece también un sentimiento de nostalgia, entremezclado con soledad (la  hija que comienza con sus primeras salidas o la que ya no vivirá con sus padres) que nos invita a reflexionar sobre el acelerado paso del tiempo, siempre tan inexorable, arrollador e inmisericorde.

Soy un convencido de que la vida no es un trayecto que hay que recorrer sino momentos que debemos disfrutar. Entrelazando los buenos con los malos, los felices con los tristes, los de fortuna con los de desdicha, los de éxitos con los de frustración, es como poco a poco vamos construyendo nuestra vida, imperfecta como todas, pero muy propia como ninguna otra… en síntesis, un don de inmenso valor e irrepetible.

¿Cuándo podré volver a estar en la fiesta de quince años de mi prima?  ¡Nunca más! ¿Cuándo podré asistir de nuevo a la boda de mi otra prima? A juzgar por el mandato divino de que hasta la muerte los separe, espero que nunca más tampoco. ¿Cuándo las podré volver a ver con ojos chispeantes y sonrisa nerviosa de la emoción que las embargaba? Pocas veces.

Hay momentos de una vez en la vida. El destino no siempre nos brinda segundas oportunidades y por eso hay que estar, como yo al momento de escribir estas líneas… en vela, atento, no tanto a recibir invitaciones de próximas efemérides familiares -que por salud mental espero no vuelvan a venírseme tan seguidas- sino a la necesidad de ser protagonistas del tiempo y de los momentos especiales que lo inmortalizan. Momentos… eso es vivir y es ahora.

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