En este país algo hay que hacer o todos nos vamos a morir de un ataque de estrés vehicular. En lo que a carreteras se refiere avanzamos a la velocidad por la que transitamos en ellas: a paso de tortuga arratonada. No puede ser que un país que se jacte de ser medianamente civilizado, el colapso de un puente provisional, ni siquiera uno de verdad, ponga aun país entero de cabeza. ¿Dónde se ha visto semejante absurdo? Solo en mi querida Costa Rica.

Así difícilmente vamos a entrar algún día al desarrollo verdadero, más sí la ruta de acceso se encuentra como la General Cañas o la 27 en estos días de manicomio vial que ha puesto a prueba la paciencia de no pocos resignados conductores. Y no le echo la culpa al operario de la grúa, una víctima más –al igual que usted y yo- de la improvisación e incompetencia de nuestras flamantes autoridades que al parecer desconocen el carácter temporal de los famosos puentes bailey y los dejan indefinidamente como si éstos tuvieran la resistencia para aguantar el tránsito de miles de vehículos diarios por más de cuatro meses. Así como el puente se desplomó por el paso de la grúa, pudo haber sucedido lo mismo con cualquier otro vehículo. La responsabilidad es única y exclusiva del MOPT y de su ineficiencia comprobada para solucionar cualquier conflicto vial  sin tener que recurrir a un bailey.

Escribo estas líneas desde mi oficina y no porque quiera sino porque las circunstancias extremas me obligaron. Tampoco es que esté robando tiempo laboral para hacerme un desahogo existencial que a lo mejor de poco o nada sirva para lograr un cambio. Son las 7:30 p.m. de un viernes caótico y aunque debí haber salido hace dos horas y media aquí estoy porque, después de haberme retirado temprano, dispuesto a darme un  merecido descanso tras una ardua semana laboral, tuve que devolverme ante la imposibilidad de salir de Belén, convertido hoy en un laberinto sin fin atascado de interminables filas de carros estacionados en media calle. Así que al carro y propietario, ambos en reserva, no les quedó otra que regresar a hacer una extritas forzadas de gratis. Con la diferencia que mientras mi carrito se enfría después de estar más de una hora tratando de llegar al Real Cariari, yo me caliento de la cólera y la impotencia que me provocan ser testigo de tan deprimente espectáculo callejero en pleno siglo XXI.

El problema aquí es que la modernidad nos sorprendió de golpe, con la guardia baja para recibirla como se merece: carreteras de cuatro o más carriles, pasos a desnivel, puentes a prueba de platinazos, calles sin huecos, circunvalaciones, etc. De repente nos vemos con una flota vehicular que rebasa la capacidad de nuestras anticuadas calles para albergarla. Con un consumo per cápita de tres o más carros, es imposible que las calles de hace más de 30 años se encuentren en condiciones de dar cabida a los BMs, Audis, Mercedes y demás chuzos y no chuzos que a diario nos invaden, sin contar los camiones, trailers y furgones que terminan de entristecer el grave panorama. Esto deja claramente en evidencia que en Costa Rica tenemos gusto de millonario pero calles de miseria y si no tratamos de emparejar ambas variables, ojalá colocando la segunda a la altura de la primera –se vale soñar- difícilmente vamos a ver una transformación en el corto plazo. O aunque sea a largo plazo pero que de verdad llegue, siempre y cuando no se caiga el puente de camino.

Y no es por ser pesimista pero cuando me acuerdo de la novela de la platina en el puente sobre el Virilla, las chambonadas en la carretera a Caldera, los engorrosos trámites para iniciar la de San Ramón, los robos en la trocha fronteriza y la lentitud en la reparación del puente de Los Incurables, en Guadalupe, no me queda otra opción que unirme al sentimiento desolador de miles de costarricenses que no vemos la luz al final del túnel y, esta vez, no precisamente por la presa sino por la falta de acciones ejecutadas a lo largo de los últimos lustros para desentrabar la maraña vial en que nos encontramos. Hasta el momento parece que solo el pueblo se percata de la gravedad de la situación. Mientras tanto, pasan y pasan funcionarios por el MOPT, el CONAVI, el Tránsito y la cosa sigue de mal en peor.

Pero, ¿qué podemos esperar de autoridades que ni siquiera han sido capaces de arreglar una platina? Creo que lo mejor, para evitar frustraciones, es no depender de nadie y empezar a tomar acciones por iniciativa propia para tratar de corregir el problema. Eso sí, que volver al trabajo no sea una de ellas. Me  voy, ya debe haber bajado la presa. ¡Qué tristeza, lo que tiene que hacer uno!

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