Acabo de descubrir algo curioso. El único lugar donde uno puede escapar de la locura de temporada, aunque sea por unos momentos, que muchas veces se hacen eternos, es el aeropuerto. Lo confirmé recientemente en un viaje de placer a Guatemala para compartir con mi familia el fin de año y mis vacaciones. No sé si ocurrirá en todos o fue más bien un golpe de suerte navideño, pero en el aeropuerto de Costa Rica, una vez superado el fastidioso umbral del “check in”, los perros olfateadores, los rayos X, las preguntas indiscretas y demás menesteres voladores, encontré el mejor lugar de silencio y contemplación justo donde menos lo esperaba: la sala de abordaje. Es de esos sitios, donde pese a la cantidad de gente, se puede encontrar, al fin, el espacio de paz y meditación que tanto nos venden en esta época pero que trajín propio de las compras y el corre corre nos impide ubicar tan fácilmente.

Tal vez no todos valoremos el significado de esa hora o más de tiempo dedicados simplemente a estar ahí… sentados, acostados, reclinados o agachados, poniendo a prueba nuestra capacidad de paciencia. Y es que en esas circunstancias no queda más que esperar y esperar. “Eso sí da pereza, buscá que hacer”, me recomendó una amiga con la que chateaba por el celular, precisamente una de los pasatiempos preferidos de los resignados pasajeros. Si no es mensajeando  con el teléfono, navegando por internet, escuchando música o revisando el facebook, hay otros, los menos tecnológicos, que prefieren ponerse a leer, dormitar un rato, o simplemente ver para el techo con un dejo de desesperación y ansiedad por escuchar en los altoparlantes el llamado a abordar.

Es precisamente en esos instantes donde uno descubre de lo que es capaz la gente para matar el tiempo. Me atrevo a afirmar que los ratos de ocio en el aeropuerto son las mejores demostraciones de creatividad que existen para combatir el aburrimiento extremo. Haga el experimento la próxima vez que viaje. Siéntese en una de las sillas de la sala de abordaje, en el suelo o donde haya espacio y dedíquese por unos minutos a un ejercicio muy productivo del cual le aseguro va a aprender demasiado: la observación.

Nada más vea, analice y saque sus propias conclusiones entre los apresurados pasajeros que le acompañan, unos a punto de finalizar el calvario viajero y otros apenas comenzando. Diferenciarlos es muy fácil, solo míreles el rostro por unos segundos. Tampoco se exceda para evitar importunar al prójimo haciéndolo sentir como un potencial terrorista vigilado por un agente encubierto de la CIA. Basta con unos cuantos segundos para deducir que el de rostro estresado, desubicado y como de recién levantado, seguramente es el pasajero en tránsito que se vio obligado a hacer una parada forzosa de previo a continuar su aventura de cruzar el charco rumbo a las Europas. También se encontrará aquel que con cara de turista extranjero adinerado y siendo más tico que el gallo pinto recorre de arriba abajo las tiendas de souvenirs para “vinear” lo que se ponga al frente antes de partir a “Mayami”. Unas horas después, luego de saberse de memoria el surtido y variedad de los productos “tax free” y hasta la ubicación de los servicios sanitarios, ambas clases sociales de turistas desaparecerán y tanto este como aquel pasarán a ser dos más de la clasificación general aeroportuaria a la que todos irremediablemente caen: la de homo aéreos sapiens ostinadus.

Pero como no hay tortura que dure tres horas ni cuerpo que la resista, menos en un aeropuerto, el gesto de alivio siempre llega cuando se escucha la voz de gloria anunciado que el vuelo de interés de la masa colectiva de viajeros ofuscados está a punto de despegar, convirtiéndose en la envidia de quienes le sobreviven a duras penas, llenando libritos de crucigramas, durmiendo en un puro cabeceo sin control –con excepción de los que agarran de almohada el hombro del mortal de al lado-, o viendo al infinito con la mirada perdida como buscando respuestas a su infortunio o más bien atisbando la llegada de su avión. ¡Cuánta cosa se ve en los aeropuertos! Le invito a que viva la experiencia de analizar la conducta humana en estos sitios tan particulares y verá que descubrirá cosas sorprendentes. Apuesto a que muchos han pasado por ellos, pero en el trajín diario que nos envuelve, pocos se han tomado el tiempo para verlo a la distancia sin ser partícipes de las historias gratas e ingratas que allí se engendran. Puede que la experiencia nos sea productiva y nos percatemos que,  ya sea a punto de tomar un avión, un trabajo o una decisión crucial, darse un lapso para reflexionar, meditar y observar en silencio siempre es un ejercicio sano y enriquecedor.

Y lo mejor de todo es que si lo extrapolamos a otros ámbitos de la cotidianeidad, nos daremos cuenta que no habrá sido en vano. Al final, el aeropuerto es en la vida como la plataforma de salida hacia nuevos y mejores destinos que esperamos nos lleguen con el 2013. Así que nunca está de más un poco de silencio, paz, tranquilidad y mesura para que no nos deje el avión de las grandes oportunidades o por lo menos saberlo tomar a tiempo. ¡Feliz Navidad y Venturoso Año Nuevo!

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