Incluso fallecido, él fue siempre generosidad y desprendimiento. Hasta las galletas de la vela había dejado previstas. Siempre tuvo todo planeado, hasta su propio funeral. Si en vida nunca fue de molestar, menos lo iba a ser después de muerto. No quería a nadie en carreras de última hora, sabía que el dolor y la tristeza de verlo marcharse de este mundo a la presencia divina era suficiente carga pesada como para tener que lidiar también con la desgastante logística de las honras fúnebres. Así era él. Firme en sus decisiones, previsor por naturaleza, organizado en todas sus cosas, metódico hasta el final de sus días, trabajador como buen hombre de campo, orgulloso de sus raíces de cepa porteña.

Nunca se cansó de enseñar, esa fue su vocación, desde muy joven, cuando salió de su natal Esparza para forjarse una trayectoria en las aulas. La pedagogía la traía en la sangre. Nació maestro, se hizo maestro y murió maestro. A todos los que se topó durante su prolífica trayectoria les dejó alguna enseñanza, grande, pequeña, trivial, profunda, todas de una gran valía, con el característico sello de don Ricardo Carballo Murillo, el licenciado, mi abuelo, mi querido PAPI.

Y si a su vocación de servicio le agregamos un corazón noble y bueno, tenemos como resultado a un padre, abuelo, esposo, amigo y profesional ejemplar. Así como nunca se cansó de enseñar, menos de ayudar. Vivía para los demás, se entregaba por completo a sus seres queridos, en un acto de solidaridad inefable. No le importaba pasar penurias con tal de ver a los demás bien; esa era su mayor satisfacción. 

Así era él, bondad pura y desinteresada, nadie lo puede negar, muchos lo pudieron comprobar. Su voluntad para servir era proporcional al tamaño del amor que le profesaba a sus seres queridos, en especial a su adorada esposa, doña Virgita, mi Tita, simple y sencillamente, la mujer de su vida. ¡Indiscutible! Por quien él se desvivía, por quien él se entregaba sin condiciones. ¡Cuánto la amó! Como dicta el juramento matrimonial, sólo la muerte pudo separarlos.

De mis doce años conviviendo con él, me enseñó muchas cosas, de historia de Costa Rica, de la Guerra del 48, de política, de religión y hasta de fútbol, pero ninguna lección  me caló más que la que me demostró con hechos y no palabras. El valor del amor y lo que éste puede lograr cuando es sincero y auténtico, ésta fue su mayor lección. Predicó con el ejemplo, siempre, en el ejercicio de su profesión como abogado, en el desempeño de su rol de padre, en su papel de abuelo alcahueta, en su condición de maestro entregado, en su faceta de compositor al vaivén de las olas de sus playas de Majagual.

Todo lo que hizo lo hizo bien, repito, hasta su propio funeral. Integro, intachable, honrado, incorruptible; demostró reunir las condiciones éticas e intelectuales para llegar a ser un padre de la patria, un brillante diputado que dictó cátedra sobre el correcto ejercicio de la función pública. ¿Cuánta falta nos hacen políticos como él, de sólidos quilates morales e intelectuales? Qué orgullo saber que uno de los miembros de la legislatura en la década de los 50 llevaba el apellido Carballo, dejándolo muy en alto, como en todo lo que hizo durante sus casi 97 años de existencia.

Poco le faltó para llegar al siglo de vida. Tenía mucho que dar aún, estaba macizo como un roble, entero, guapo, “pochotón”, alegre. Más no se pudo. Su corazón, si bien aún estaba henchido de amor y bondad, poco a poco comenzó a debilitarse. Dios tenía otros planes para él, requería urgente en sus filas celestiales un ángel de lujo y se llevó al mejor candidato, dejándonos a quienes le sobrevivimos un vacío imposible de llenar. Me quedan los bonitos recuerdos que atesoraré por siempre en mi mente y en mi corazón por el resto de mi vida.

El hombre que soy hoy en día se lo debo en gran parte a él. Fue mi mentor, mi guía, mi segundo padre, mi amigo, en las buenas y en las malas. Siempre estuvo ahí cuando lo necesité y sé que lo seguirá estando, ahora como un ángel que me cuida desde el cielo, impulsándome a ser por lo menos la mitad de lo que él fue en vida. Con eso y con que él se sienta orgulloso del nieto que fui, podré darme por satisfecho. Gracias Papi, en el cielo y en la Tierra, siempre serás mi abuelo, y yo, tu nieto consentido que honrará tu memoria hasta que algún día te pueda volver a abrazar y que éstas lágrimas que hoy brotan mientras escribo estas líneas sean finalmente de felicidad por el reencuentro.

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