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Más que un homenaje póstumo, estas líneas son responsabilidad exclusiva de él. Más que dedicárselas, tengo que agradecerle el haberlas hecho posibles. Este y otros artículos que he escrito hasta la fecha se los debo, en gran medida, a su persona; son resultado de su legado imperecedero, de la inspiración y de la curiosidad que despertaron en mí el haberle podido leer por tanto tiempo, contagiándome de su sabiduría, de su pluma magistral, de su bagaje cultural, de su fina ironía, de tantas virtudes en el papel y en la vida.

Desde la primera vez que lo leí, allá a inicios del 2000, cuando iniciaba mis estudios en Periodismo, me enganché, me cautivó con su poder de palabra y su claridad de pensamiento, consecuente uno con el otro, como debe ser en cualquier formador de opinión.  Era mi ejemplo a seguir, quería escribir como él, adoptar parte de su estilo hasta crear el mío propio. Y así fue, hoy viendo hacia atrás, me enorgullece decir que la luz que orientó mis primeros escritos provino de ese grande de las letras que se nos adelantó: Don Julio Rodríguez.

Su estilo tan depurado, elegante, dialéctico, reflexivo, correcto, sentó cátedra durante sus 28 años de trayectoria como columnista, editorialista y coordinador de Opinión de La Nación. Siempre admiré su capacidad de redacción, de plasmar de una manera tan precisa y contundente sus posiciones sobre los más diversos temas de la actualidad nacional e internacional. Con la misma propiedad, un día nos sorprendía hablando de política o educación y el siguiente sobre filosofía o defendiendo al equipo de sus amores, Heredia.

Era un columnista versátil, escribía de todo un poco, pero no con afán de figurar o jactarse de su vasto conocimiento –que lo tenía sin lugar a dudas- sino para hacer valer esa responsabilidad social que cobija a los periodistas de denunciar, criticar, polemizar. “Yo nunca escribo para quedar bien con nadie”, dijo una vez y esa fue la clave de su éxito. Escribía por convicción y no por imposición. Lo movía una plena conciencia de la ética, la integridad y la probidad dentro y fuera de la función pública.

Leerlo era todo un privilegio. Su compromiso con la verdad y la razón, lo llevó a granjearse varios detractores, para quienes, no obstante, tampoco pasaba inadvertido.  Hasta ellos mismos lo seguían. Porque si algo le caracterizada era que uno podía no compartir sus posturas, más resultaba imposible no admirar la prestancia y el señorío con que defendía sus criterios. En resumen y en buen romance -como decía don Julio- era un caballero de la pluma, en todo el sentido de la palabra.

Su columna En Vela es un referente obligado de la Costa Rica de finales del siglo XX y principios del XXI. Los más variados temas que marcaron historia en los campos político, social, económico y deportivo fueron analizados e interpretados por él, aportando desde su trinchera en la página 15 de La Nación al debate, al entendimiento y al enriquecimiento intelectual de nuestra sociedad.

La recuerdo perfectamente. Los lunes, los miércoles y los viernes. Era de lo primero que leía en La Nación. Esperaba con ansias devorar su columna, deleitarme con sus esclarecedoras argumentaciones de la realidad nacional. Si tenía que alabar a alguien lo hacía sin reparos, si tenía que criticar, de igual forma se pronunciaba sin tapujos, con un exquisito uso de la ironía, evidenciando contradicciones y desnudando falacias.

La falta de autoridad, la mediocridad, el conformismo, las debilidades de nuestro sistema educativo, la impunidad fueron algunos de sus temas recurrentes. “Tenemos que estar siempre en Vela”, me dijo cuando tuve la posibilidad de entrevistarle para un trabajo de la Universidad. Tiempo después reparé en la trascendencia de aquel fugaz encuentro con semejante institución del Periodismo de Opinión. Años más tarde, cuando inicié la apasionante aventura de escribir algunos comentarios para publicar, recuerdo que él fue de los primeros en abrirme un espacio en las páginas del diario La Nación. Aún recuerdo los intercambios de correos que tuvimos.

En el trato con la gente, en sus columnas, en su profesión y en su vida fue todo un maestro a quien hasta el mes de su fallecimiento se une con su nombre a rendirle un merecido homenaje.

Gracias don Julio, descanse en paz. Su legado lo mantendremos en vela por siempre.

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