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¡Dios mío! ¿Por dónde empiezo? Qué difícil escribir con esta mezcla de sentimientos a flor de piel. ¡Cuánta alegría, cuánto sufrimiento, cuánto orgullo! ¿Qué cómo me siento? La verdad, no tengo idea. Solo sé que es una sensación como nunca he experimentado. No es fácil describirlo. Aquí más que nunca cabe la cajonera expresión de “¡no hay palabras!” Así de sencillo. Hay que ser tico para saber lo que se siente esta felicidad tan inmensa. Apuesto que todos en este pedacito de tierra bendita estamos igual. No nos lo creemos. Tenemos que pellizcarnos cada cinco minutos para saber si es cierto. ¿Será un sueño? ¡No señores! Es toda una hermosa realidad.

Brinque, corra, ríase, llore, abrace, patalee… haga lo que quiera, celébrelo a su manera pero celébrelo. Yo quise gritar, brincar de alegría, más no pude. De tanto sufrimiento acumulado, en el partido contra Grecia, me quebré y me tiré al suelo a llorar como un niño. Lo recuerdo y las lágrimas vuelven a brotar, un escalofrío invade todo mi cuerpo.  Parafraseando a Mac Gregor en la narración del penal decisivo de Umaña, ¡Dios mío sostén mis manos para poder escribir esto! Aún me tiemblan de la emoción. Con solo recordarlo, se me acelera el pulso, me entra la tensión, el sufrimiento, el nerviosismo extremo que  nos dejó sin uñas, extasiados y al borde del infarto. Muchachos, ¡qué barbaros! Cómo nos hicieron sufrir, pero también cómo nos hicieron felices.

Ustedes son… qué les digo. No sé, de nuevo no tengo palabras. Ya estas alturas es poco lo que se puede agregar. De todo les han dicho, cualquier calificativo se les queda corto frente a la hazaña lograda en Brasil. No voy a caer en el lugar común de alabar el esfuerzo, la disciplina, el trabajo en equipo, el esmero, el sacrificio y todo lo que usted quiera agregarle. Eso ya se da por sentado. Si no fuera así no estaríamos a punto de llevar la gesta a semifinales y hacer que este país se caiga de éxtasis, de júbilo, de algarabía, de euforia…

No quiero ni imaginarme lo que pueda pasar aquí si logramos vencer a la potencia europea de turno, Holanda. ¿Se imaginan? Nos matan a todos (de la contentera)  y de paso nos mandan al Psiquiátrico, cuya sede central sería la Fuente de la Hispanidad, con sucursales en cada rincón de este terruño de gloria eterna. ¿Y se imaginan el recibimiento a nuestros guerreros?

Bueno ya, no nos adelantemos, vivamos una emoción a la vez, pero cómo cuesta, la mente va a mil por hora, el corazón también, los pensamientos, las buenas vibras, todo fluye vertiginosamente en una espiral de fervor patrio, orgullo, satisfacción y placer. Lo que este equipo, el más grande de toda la historia de nuestro fútbol, ha logrado raya en el heroísmo, en la epopeya. Va más allá de la participación digna o destacada para convertirse en un hito histórico, en una conquista suprema de altos quilates, en un nuevo paradigma en la historia de los mundiales.

El equipo revelación, la sorpresa que nadie se esperaba, el que todos daban por muerto, incluyendo Maradona, Balotelli, Mourinho, etc. A punta de goles y buen juego los dejamos callados y asombrados. Pobre de Blatter. No les paseamos en la fiesta. Estamos en boca de todo el mundo, en las portadas de los más prestigiosos periódicos, en la retina de todos los seguidores del deporte rey… en fin, somos los reyes del Planeta Fútbol. Todos hablan de Costa Rica, todos quieren conocernos, preguntan sobre nosotros, nos admiran, nos aplauden. La Patriótica se invirtió y ahora los europeos envidian nuestros goces. Mejores embajadores no pudimos conseguir, estrategia más brillante de Relaciones Públicas no pudo ejecutarse.

Ni todo el dinero que nos conceda la FIFA por nuestra magistral actuación en Brasil, podría pagar lo que ha hecho la Selección Nacional en esta Copa Mundial de ensueño. Ni el más empedernido de los optimistas soñó con la brillante actuación  de nuestro equipo en los majestuosos estadios brasileños.  El ejemplo ha sido grandioso para todos y es replicable en todos los ámbitos de la vida. La consigna es una: ¡Cuando se quiere, se puede! En el fútbol ya no hay grandes y chicos, David puede vencer a Goliat, y no con una honda si no con una brazuca. Las distancias se reducen, los temores se disipan, los hombres –y no los nombres- dan todo en la cancha, sin reparar en fama, dinero o virtuosismo del oponente. Uruguay, Italia, Inglaterra, Grecia… el siguiente. ¿Quién dijo miedo? Podrán superarnos en muchas cosas pero no en la actitud, en la garra, en la entrega total en la cancha que no conoce de adversidad.

Aquí no hay fórmulas mágicas ni sustancias prohibidas por más que la FIFA y los árbitros quieran empañar nuestra hazaña. Dopados sí… pero de coraje, tituló un periódico nacional. En resumen y perdonando el francés: ¡huevos!, eso es todo. Como dijo Kristian Mora “Bendita la hora en que los parieron”. Gracias muchachos y que se venga Holanda. Un grande contra un gigante.

 

 

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