En este florido país hay quienes piensan que en 100 días se arregla todo. Si ni siquiera cuatro años han sido suficientes para sacarnos del atolladero, menos van a ser poco más de tres meses que con costos alcanzan para acomodarse en el puesto, mandar a cortar los árboles de Casa Presidencial, salir a conocer a los vecinos e izar polémicas banderas, como lo ha demostrado el nuevo inquilino de Zapote que, viéndola venir, apenas si está aprendiendo sus primeros pasos de baile en finca encharralada.

Bien sabemos que en tres meses difícilmente uno se convierte en un experto bailarín. Por lo tanto, no comamos ansias y tengamos paciencia. Sin embargo, observando los últimos acontecimientos desde la barrera, me preocupa un poco la expectativa y el morbo que ha creado esto del informe de los 100 días, casi al mismo nivel que uno del 1 de mayo o de final de periodo. Como si ese lapso alcanzara para ponerle coto al déficit fiscal, aumentar las exportaciones y reducir la pobreza. ¡No seamos ilusos! Llevémosla suave, dejemos al hombre trabajar y juzguemos cuando pasen los 1460 días. Para entonces, tendremos mayores bases –eso espero- para emitir un criterio objetivo.

De momento ayudémosle a llevar buen son y no le metamos zancadilla que frenen aún más su atolondrado debut en la pista. Un atento consejo a ciertos grupos de presión que ya están ansiosos de ver resultados o al menos alguna señal que nos devuelva el optimismo. Como dijo Chema Figueres, hagamos patria y dejemos gobernar. Lástima que muchos se empecinan en hacer todo lo contrario.  Ahí están los empresarios clamando por medidas para estimular el clima local de inversión, vecinos marchando hasta la casa de habitación del Presidente pidiendo soluciones de vivienda en vísperas del Día de la Madre, la comunidad gay exigiendo igualdad de derechos, los economistas, una pronta salida al desequilibrio en las finanzas públicas, los sindicatos… Todo mundo pidiéndole al Niño en Navidad. Por ahorita los más felices, en medio de esta clara dispersión de intereses sectoriales, son los artesanos de la Plaza de la Democracia, de donde nadie los moverá. Solo falta, para hacerla redonda, que los cartagos pidan ser declarados campeones por decreto al final del Torneo de Invierno.

Bueno, pero volviendo a la cancha de la política, me parece que el Presidente, pletórico en buenas intenciones, pero carente de madurez o colmillo político, ha tenido que dedicar sus primeros días a asear la casa y no me refiero necesariamente a la poda de arbolitos. El asunto va más allá de un asunto meramente estético. Sin ser muy diestro en la materia, me atrevo a decir que el PAC está hecho una hoguera y por más que el presidente diga que ahorita él es el Presidente de todos los costarricenses  y no militante de un partido específico, es un hecho que el asunto está haciendo aguas en su capacidad de maniobra y ejecución, en Zapote y en la Asamblea Legislativa.

No se puede gobernar con un partido oficialista lleno de intrigas, escándalos y cuestionamientos éticos. El pobre don Luis Guillermo no sale de una para meterse como en cinco. El estratega de comunicación que ganó una millonada en seis meses, que el Viceministro de la Presidencia acusado de conflicto de intereses, que el abogado del PAC vinculado a fraude en la CCSS…  Y curiosamente, en la mayoría de escandalillos, emerge, en el papel de bueno de la película, la figura de Ottón Solís, a quien parece que desde tiempo atrás se le viene orquestando una campaña para ningunearlo y por supuesto él, ni tonto que fuera, ahora cobra la factura y se sacude señalando a los supuestos verdaderos responsables de que su agrupación esté PAC-tida en dos, tres o mil pedazos. No hay día en que salte la liebre por algún rincón de la vilipendiada casa rojiamarilla, lo que ha obligado al Presidente a redoblar esfuerzos en apagar incendios antes de que el fuego reduzca su gestión a un simple espejismo de lo que pudo haber sido un nuevo aire en el redil político capaz de romper con el desgastado bipartidismo de cada cuatro años.

Así, pues, entre lavar trapos sucios y evitar que la covacha se le desmorone, don Luis Guillermo Solís ha visto el tiempo pasar en la puerta de Zapote, deseando tal vez que, como en la canción, fuera la de Alcalá para tener frente a un sí un mejor paisaje qué observar y no el que se cierne sobre su intrincado horizonte.  Ahorita de lo que menos ha gozado es de margen  de acción para enfocarse en lo realmente importante, es decir, lo que está del PAC para afuera,  mientras que la lista de males de urgente solución se acumulan a la espera de un guiño presidencial  consecuente con los buenos augurios despertados en campaña y que guardamos la fe serán debidamente correspondidos. Después de los 100 días ya va siendo hora de colgar el traje de bombero.

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