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Hay quienes creen que el 15 de setiembre es ir a los desfiles. Piensan que viendo a unas cuantas bastoneras, cantar el Himno Nacional el 14 a las 6 p.m., o salir a darle una vuelta a la manzana con un farol prefabricado ya los hace grandes patriotas. Y no es que esté mal de participar de esas bonitas tradiciones, siempre y cuando se hagan a conciencia y en un ambiente de fervor cívico y no de charanga callejera, con guaro y música estridente, como sucede muchas veces hoy en día. Lo malo es que limitemos el orgullo por nuestra independencia a cumplir con una simple rutina anual sin detenernos un minuto a reflexionar el trasfondo y trascendencia real de lo que encierran las actividades alegóricas a nuestro aniversario de Independencia.

Olvidamos que el simple hecho de poder estar ahí, en media calle, observando tan majestuoso espectáculo tricolor al ritmo de las liras y los redoblantes ya debe ser motivo suficiente para sentirnos alegres de vivir en un país como Costa Rica. Que sean la música de las bandas escolares que alteren la cotidianeidad y no los cañonazos de unos tanques de guerra nos convierte en seres privilegiados en un mundo con países en guerra, cuyos habitantes ni siquiera pueden salir a dar un paseo por temor a ser alcanzados por una bala perdida o un atentado terrorista.  El poder disfrutar del feriado en familia, al aire libre, en un ambiente de respeto y pacifismo, es una pequeña muestra de la bendición enorme de vivir en este tesoro de libertad y naturaleza llamado Costa Rica. Observar un pelotón de alegres e inocentes estudiantes desfilar por nuestros pueblos exhibiendo desde pequeños su amor por este pródiga nación nos hace recordar que no todo está perdido. Ellos son los verdaderos guardianes de nuestra soberanía. No necesitan de armas ni uniformes verde olivo para defender nuestros ideales, valores y derechos republicanos. El presenciar a jóvenes portando con respeto y alegría el Pabellón Nacional o tocar con alma y corazón sus respectivos instrumentos mientras interpretan hermosamente obras del cancionero popular costarricense es el mejor regalo que le podemos brindar a la Patria en su aniversario de vida independiente. Así es como los queremos ver, honrando la gesta independentista con talento y fervor cívico, lejos del ocio dañino, las malas juntas, la delincuencia y las adicciones.

Pese a estas reconfortantes muestras de civismo, me preocupa sobremanera que ya la independencia no se viva como antes, al menos como la pintaban nuestros abuelos. Es cierto, los tiempos cambian, pero hay cosas que nunca deberían cambiar, y nuestro patriotismo, en definitiva, es una de ellas. Y haciendo un repaso por las últimas celebraciones, me percato, cada vez más, de cuánta razón tienen. Hoy se ven más camisetas rojas en un día de juego de la Selección Nacional que el propio 15 de setiembre. Las banderas ya no ondean en lo alto de las casas de los barrios, como se observa, por ejemplo, en países como Estados Unidos donde primero faltan los pancakes en el desayuno antes que las barras y las estrellas en el patio. Ahora, si acaso, una banderita de 500 colones en el parabrisas del carro y pare de contar.

¿Qué está pasando con nuestro nacionalismo? Aquí hay gente que ni siquiera sabe de la existencia del recorrido de la antorcha por la región centroamericana, en alusión a la buena nueva que se diseminó por los países del área, iniciando en Guatemala y finalizando en Costa Rica. Aunque suene trillado, la libertad se celebra ejerciéndola. Puede que la celebremos sólo un día, pero estamos llamados a vivirla, exaltarla y dignificarla siempre. Es la mejor forma de retribuir el esfuerzo y la gallardía de nuestros próceres que lucharon por heredarnos un país libre, soberano e independiente. Más que asistir a desfiles o cantar la Patriótica, debemos preocuparnos por engrandecer la Patria, aplicando los valores supremos que deben regir nuestra convivencia en sociedad. El espíritu independista no debe extinguirse.

Así como procuramos mantener encendido el fuego de la libertad que se paseó en estos días por nuestras naciones, debemos procurar que tampoco se extingan los valores e ideales de una generación de prohombres que no descansaron hasta lograr la autodeterminación de nuestros pueblos.  La persistencia, la lucha incansable, la perseverancia inclaudicable y el amor infinito por la patria debe permanecer igual o más fuerte que hace 193 años. Es la única forma de sabernos libres y no siervos menguados. ¡Que viva la Independencia! Y más que celebrarla, vivámosla a plenitud.

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