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Esta semana, Costa Rica fue centro de atención mundial. Pero más allá de serlo por haber sido anfitriones de la III Cumbre del CELAC me gustaría que lo fuéramos por los resultados que de ella se derivaron para beneficio de los pueblos representados. No es por ser pesimista ni activista antiglobalización pero he visto pasar tantas actividades masivas de este tipo, en Latinoamérica y el mundo, que ya estoy empezando a dudar acerca de sus verdaderos alcances prácticos.

Desde hace varios años observamos cómo, con sospechosa periodicidad, Presidentes y Jefes de Gobierno de países desarrollados y emergentes no se bajan de los aviones con tal de participar en el G4, G10, el SICA, el CARICOM, el MERCOSUR, el CA4. La cantidad de reuniones que celebran es proporcional a la lista de acrónimos existentes para nombrar los bloques que integran.

Pero bueno, en mi limitado entendimiento sobre temas de geopolítica mundial, imagino que la conformación de estos grupos regionales sus razones de peso ha de tener, aparte de andar viajando por el mundo con todo pago. Es más no dudo que algunos  son estrictamente necesarios para sacar adelante proyectos vitales de alcance global en áreas críticas como la pobreza, el cambio climático, la democracia, la hambruna, entre otros.

El problema es cuando estos encuentros se convierten en un asunto cosmético, en mera diplomacia, estrechones de mano, gestos amables y escenas pintorescas como las ocurrencias de Nicolás Maduro y los desplantes de Daniel Ortega. En resumen, en letra muerta de  archivo que no trasciende al plano de los hechos y las acciones plausibles. Es muy fácil y hasta obligatorio en países democráticos generar consensos alrededor de los graves problemas de la humanidad –que dicho sea de paso siempre son los mismos- pero llevarlos a la realidad y generar los resultados esperados, en el corto, mediano y largo plazo, he ahí la gran asignatura pendiente.

Nada hacemos con estar reuniendo a nuestros Presidentes, con sus lindas guayaberas, lujosas caravanas, hoteles de lujo y cenas exuberantes en los distintos destinos exóticos que abundan por nuestras latitudes, si al final del día los alcances no van a pasar de una declaración plagada de bonitas y conmovedores manifiestos teóricos, carentes de aplicación práctica alguna.

Mucho dinero se invierte –y el CELAC no fue la excepción- como para que nos vengan a decir lo que ya sabemos: que creen y apoyan el combate a la pobreza, el desarrollo sostenible, la igualdad de género y la inclusión social, por citar algunos de los recurrentes temas de la Declaración de San José que firmaron. Para eso que mejor manden un correo electrónico con su posición oficial y nos ahorramos todos los recursos invertidos en la logística, seguridad y organización de un megaevento de esta naturaleza.

A sabiendas de que eso no es posible, como mínimo, los 600 millones de habitantes que representa la CELAC merecemos una efectiva rendición de cuentas y un adecuado seguimiento a los temas discutidos y las soluciones planteadas, desde su concepción hasta su transformación en resultados positivos y verificables. Queremos acciones concretas, no una carta anecdótica prefabricada de buenas intenciones.

Queda en manos de los participantes de las próximas cumbres regionales demostrar que estos eventos revisten alta trascendencia y no corresponden a un simple formalismo que, entre apretadas agendas, entrevistas, reuniones de pasillo y sonrisas para la foto oficial, transcurre sin pena ni gloria. Guardo la esperanza que así sea.

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