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Je suis Charlie o Je ne suis pas Charlie? Para la mayoría, la respuesta es categórica e inobjetable. Así lo han reflejado los políticos, la prensa, la sociedad civil, y la comunidad internacional. Todos, por unanimidad y al unísono, cerrando filas en torno a la más reciente víctima del terrorismo islámico. Con proclamas, pancartas o en redes sociales, las voces de apoyo al semanario satírico Charlie Hebdo han sido abrumadoras… y en buena hora que así sea.

Sin embargo, mal pensado que soy, me reservo el natural beneficio de la duda, y me declaro en un lugar intermedio de la disyuntiva.   Yo diría como en una especie de Comme-çi Comme-ça (más o menos), para seguir a tono con el idioma original de las publicitadas y virales expresiones de apoyo o censura al reciente atentado terrorista en Francia. Es decir, ni totalmente a favor ni en contra de uno u otro de los bandos en conflicto. Procedo a explicarme mejor.

Antes de ser tildado de seguidor de Al Qaeda o volverme objetivo de los cuerpos de inteligencia parisinos, me apuro a aclarar que de ninguna manera estoy justificando la barbarie cometida. ¡Dios me libre! Condeno ad portas cualquier hecho vil y cobarde que atente contra el sagrado derecho a la vida humana. No hay motivación política, social o religiosa que valide semejante deleznable accionar contra cualquier semejante, independientemente de sus creencias, cultura o lugar de procedencia.

Pero así como repudio el terrorismo en todas sus expresiones, confieso que tampoco puedo darme el taco, como muchos lo han hecho hasta ahora, de convertirme en el nuevo defensor irrestricto de las libertades del mundo democrático occidental. Ni mucho que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre. En el ejercicio de las libertades, incluidas las de expresión y de prensa, debe haber contrapesos para no incurrir en faltas graves contra el honor de terceros. Por más cliché que suene, sirve el caso en cuestión para ilustrar que, sin duda, nuestras libertades finalizan dónde empiezan las de los demás.

No se puede, por más defensores que seamos del derecho a la información que a todos nos cobija, arrogarnos la potestad de deslegitimar todo lo que contravenga nuestra escala de creencias, mucho menos en un tema tan sensible y delicado para muchos como el religioso.  Se trata de un principio básico de la tolerancia, sin el cual no podríamos coexistir en un mundo tan amplio y diverso donde el honor, la privacidad, la intimidad, la libertad de culto, entre otros derechos individuales, deben ser prioridad en el contexto de una convivencia pacífica y democrática.

De todas las declaraciones esgrimidas luego del atentado, quizás de las más arriesgadas y valientes, por haberse salido de la acomodada lógica impuesta por las masas, han sido las del Papa Francisco, quien abiertamente nos recordó que si bien cada persona no solo tiene la libertad sino la obligación de decir lo que piensa para apoyar el bien común, tampoco se puede caer en la ofensa o en la burla de un tema tan delicado y personal como la fe.  No se puede, en nombre de la libertad de expresión, mancillar otras libertades igualmente fundamentales.

En mi calidad de periodista, reconozco, muy a mi pesar, que algunos colegas, en la búsqueda incesante de la primicia, se olvidan de esta máxima de la ética periodística. Al igual que abogo por un fortalecimiento de las libertades de prensa y de expresión, sobre todo en sociedades altamente censuradas y reprimidas por regímenes oficialistas dictatoriales, también reconozco que hay normas infranqueables que regulan el correcto ejercicio de la profesión (delitos contra el honor).

Estamos claros que Charlie Hebdo es una revista satírica incómoda que criticaba por igual a políticas, deportistas o religiosos sin distinción de títulos. Sin embargo, también es cierto que, en más de una ocasión, pudo sobrepasar el delgado límite que separa el humor de la burla, la injuria, o la difamación. Como aficionado que soy al arte de hacer reír, puedo asegurar que no es lo mismo reírse con alguien que reírse de alguien.  No confundamos el humor, la sátira y la chota, con la ofensa, el insulto o el agravio soez. Podemos ser críticos de una situación determinada sin caer en la chabacanería y el irrespeto explícito, so pena de venos obligados a enfrentar las consecuencias legales de nuestros actos.

Toda acción genera una reacción y aunque tanto una como la otra deberían ejecutarse en el marco de la legalidad, esto no siempre se cumple a cabalidad, según se desprende, por ejemplo, de la tirante relación entre Charlie Hebdo y el mundo musulmán.  Pero la verdad es que aquí no hay vencedores ni vencidos. Tanto mal hace el que ofende como el ofendido al reaccionar desmedidamente con violencia, al margen de la legislación vigente que establece límites para el primero como medios de defensa, legales y civilizados, para el segundo. El ordenamiento jurídico, y no el odio y los resentimientos, es el que nos debe dictar cómo proceder en caso de sentirnos ultrajados en nuestros derechos básicos. La respuesta siempre estará en la ley y el Estado de Derecho, no en el Corán, las armas o el derramamiento de sangre inocente. En resumen, yo no soy ni dejo de ser Charlie. Je suis démocratie (democracia)

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