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Hoy sí puedo jactarme de sentirme aludido con aquella famosa frase del finado don Beto Cañas: “A la Asamblea Legislativa se nos metió la grada de sol”. Aunque no soy diputado, si el día de mañana se me llegara a dar semejante privilegio o ¿deshonor? podré decir que estaré contribuyendo a darle la razón a tan ilustre personaje.

De momento, ante la imposibilidad de verme ocupando una curul, al menos puedo tirármelas de que ya cumplí con la primera parte de los requisitos: ser parte de la gradería de Sol. Y lo hice a mucha honra, en defensa de los colores de la tierra originaria de mi abuelo y hogar actual de varios seres queridos, incluyendo mi abuelita, lo que aumenta mi cariño hacia la bella Perla del Pacífico.

Puedo decir, sin temor a conflictos geográficos o limítrofes que, junto a Guanacaste, Puntarenas es uno de esos lugares que ocupan un lugar especial en la escala de afectos territoriales que guardo en mi corazón. Por eso, sin pensarlo mucho y sin tener tampoco qué ponerme –el anaranjado nunca ha sido un color frecuente en mi closet -, me fui, con unos primos, a apoyar a Puntarenas en el partido de la vuelta de la final de la Liga de Ascenso, el pasado 13 de junio. Según yo iba a ser como mis viajes tranquilos de rutina al estadio a apoyar al Deportivo Saprissa, cómodamente ubicado en sombra o en platea, lejos del combo de los tres “azos” -monedazos, madrazos y manazos- tan frecuente en la Sol Sur.

¡Qué va! ¡Cuán equivocado estaba! Bien dicen que siempre hay una primera vez para todo y a mí me llegó ese día, con la guardia baja, el pulso a mil y sin tapones para los oídos. Lo que siempre me había tocado ver a lo lejos, a varios metros de prudente distancia, me disponía a vivirlo en el mismo epicentro del terremoto naranja, en la capital de la Tierra de Tiburones, en el punto de ebullición de esa temible Olla Mágica… en resumen, en la Sol Norte del mítico Estadio Lito Pérez, donde sólo entran los valientes y aguerridos porteños de cepa.

Y, ese día, yo fui uno de ellos. Tal vez la pinta no me ayudaba, pues la tez morena, el sabor, y la alegría de mis colegas de barra contrastaba un poco con la cara de asustado que tenía desde el momento que los vi llegar abriéndose campo a la brava y, con el transcurrir de los minutos, contagiar a los demás espectadores de la fuerte descarga de energía que sacudía los cimientos del reducto, a golpe de tambores, bailes de samba, cánticos y epítetos impublicables.

Ahí, congregados detrás del marco, había de todo, una selecta muestra de la diversidad de particulares seres que habitan la franja costera de nuestro país. La señora gorda gritona que guarda el celular en su prominente busto, los pintillas que parece haberse escapado de la prisión del Roble, los niños de rostro inocente que parecen incapaces de matar una mosca pero sí de lanzar a la cancha las monedas estratégicamente escondidas en sus zapatos, la pareja de novios más pendientes de sus propios cariños que de los que se recetan los protagonistas en el rectángulo de juego… Una clara muestra de que, al igual que en Limón, en este otro Puerto, lo mejor es su gente.

Con sus virtudes y defectos como cualquiera, siendo estos últimos, muchas veces, los que lamentablemente más afloran dentro de un estadio, pero orgullosos porteños al fin que no escatiman a la hora de defender sus colores deportivos. Y se valen de cualquier cosa para cumplir su cometido: banderas, mantas, trompetas, bombos, redoblantes, campanas, güiros… hasta de cervezas en lata que lanzan desde afuera del estadio para refrescar las acaloradas almas y las sedientas gargantas.

Descubrí que no sólo las “águilas” vuelan. De repente, un celular se dirige como misil letal a la cabeza de un liberiano que, sentado en las primeras filas, disfruta plácidamente del partido ¡Uuuuuyyyy!, estuvo más cerca ese tiro que el que acababa de botar Mario Camacho. Imperturbable, el muchacho  ni vuelve a ver pues sabe que ante el mínimo “enjache” lleva las de perder. “A ese mae lo van a matar aquí”, me advierte el  compa de al lado, mientras yo, disimuladamente, me  vuelvo a ver que no porte ninguna prenda amarilla que se preste para malos entendidos. El empate no le alcanza al Puerto y faltan minutos para que termine. ¡La fiesta sigue! En las buenas y en las malas el apoyo no cesa, aunque algunos signos de frustración se asoman. “Pónganle, hijuep…” “Muévanse que no vamos ganando” “Hey Forvis (arquero de Liberia) vas a ser el portero más malo de Primera División”, sólo por citar algunos de los más sanitos.

Pitazo final: 1-1 (2-1 en el global, a favor de Liberia) ¡No se pudo! Decepción en las gradas y en la gramilla, silencio en los camerinos y en el Paseo de los Turistas. Enojo, rabia, tristeza, frustración… invasión de cancha por parte de los miembros de la barra brava porteña. Pleito con la seguridad privada y llegada relámpago de los antimotines, imponiendo su autoridad y formando un muro de contención frente a la grada que nos hace sentir a todos como delincuentes. Junto a mis primos, esperamos con paciencia a que los ánimos se calmen y podamos salir airosos de ese hervidero y no morir cocinados a macanazo lento bajo sospecha de incitación al desorden público.

Finalmente lo logramos. Nos alejamos del estadio en un ambiente desolador que contrastaba con nuestras intenciones de unirnos a la algarabía de un pueblo por regresar a la máxima categoría. Será hasta la próxima. Sordo por el escándalo y horneado por la “marifufa”, el único consuelo que me embarga, mientras camino absorto en mis pensamientos, es sentirme feliz de no haber sido bañado en orines pero sí en inspiración y anécdotas para compartir, en estas líneas, mi mágica experiencia dentro la Olla. Ya ve, don Beto, no todo lo que sale de la gradería de Sol es malo… 

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