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Tenía muchos años de no viajar a Nicaragua, tantos que ni me acordaba bien cómo era la última vez que lo visité en mis años de colegial. Por eso, en esta ocasión, que el destino me sorprendió en un fugaz viaje de trabajo a la Tierra de Sandino, me propuse afinar bien mis sentidos,  para vivir, saborear y degustar la efímera experiencia de una noche en Managua.

Segundos antes de aterrizar, divisando por la ventanilla del avión, me percaté que pocas cosas han cambiado. Pequeñas y destartaladas casas con herrumbrados techos de zinc, que contrastaban con la imponencia del Lago de Nicaragua, el volcán Momotombo y unos cuantos edificios de lujo a lo lejos, me dieron la bienvenida a una nación que aparentaba seguir postrada por la pobreza y la desigualdad social.

Sin embargo, ya con los pies en tierra firme y acomodado en una céntrica zona de la sumamente calurosa capital nicaragüense, pude comprobar que algo no calzaba en mis predicciones iniciales. Haciendo un recorrido vespertino, junto a una compañera, con quien corríamos para conseguir los materiales para un evento laboral, y luego en la noche, después de cenar gallo pinto con carne asada y platanitos tostados, me di cuenta que todo se ve muy bonito para un país cuyo flujo migratorio hacia el vecino del sur no se detiene.

Múltiples y coloridos árboles de la vida flanquean las principales arterias capitalinas, amplios y seguros parques públicos con acceso a internet las 24 horas, una hermosa maqueta de la Managua antigua antes del terremoto, puestos de venta gratuitos para los pequeños comerciantes, altares a la Virgen y al Divino Niño, réplicas de la casa de Rubén Darío y Sandino y por supuesto no podía faltar la Avenida y hasta el barrio en conmemoración al mentor de Ortega, Hugo Chávez. No lo vi, pero su otro benefactor, Fidel Castro, también debe gozar de un inmerecido homenaje en territorio nica.

Frente a un extranjero, procedente de un país de capital fea que ofrece basura, huecos y desorden vial, entre otras penurias, la transformación de Managua es digna de resaltar. Sin embargo, viendo al estilo Thundercat, es decir, más allá de lo evidente, mi espada del augurio me dicta que todo lo anterior no es más que un asunto meramente estético y superficial en una ciudad que parece no ser propiedad de los nicaragüeneses sino de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo. Así de crudo, así de directo.

No me atreví a decírselo a ninguno de mis colegas  nicas, por temor a que me dejaran a pie en medio de vendedores ambulantes y me viera obligado a montarme a una ruinosa volanta jalada por un garrapatoso caballo o a una destartalada caponera –dos de los medios de transporte más populares e inseguros de la ciudad- , pero de que lo percibí, de entrada y salida, eso no lo puedo negar.

Es cierto que la ciudad, en ciertas partes, se observa bonita, limpia y bien cuidada, quizás mucho más que antes y todo gracias al Comandante y su Señora de los Anillos.  Diay, manda la parada que en tanto tiempo no hayan aportado algo bueno y la verdad es que sí lo han hecho y Managua es fiel reflejo de ello. Sería muy mezquino de mi parte no reconocerles que, por lo menos, le han cambiado la cara a la ciudad, haciéndola más llamativa a los ojos de propios y extraños. A mi gusto, en exceso colorida y visualmente cargada, pero como mi gusto y el de muchos nicaragüenses no cuenta, sino el de la pareja gobernante, digamos que está, por lo menos presentable y eso nadie se los quita. Al César lo que es del César.

Sí claro, al turista, tanto nacional como foráneo, le puede parecer interesante o al menos diferente pasearse por una ciudad cargada de lucecitas multicolores, monumentos alegóricos, decoración estridente y enormes posters de Daniel Ortega que hasta en el nacatamal le salen a uno.  Como bien dijo un transeúnte en un artículo periodístico, es como la Tierra de Willy Wonka. El problema es que así como el personaje de la película de Charlie y la fábrica de chocolate, esto no parece más que un asunto de ficción.

Puede ser muy bonito y todo lo que usted quiera, lo malo es que, cuando las luces de la avenida De Chávez a Bolívar se apagan, la cosa no pinta tan bonita que digamos. Pobreza, desempleo, inseguridad, indigencia y una familia Ortega enriqueciéndose a manos llenas. Dicen que el costo de cada uno de esos raros y místicos arbolitos metálicos que se le ocurrió poner a la Rosario  –como dirían sus coterráneos – tiene un costo de 20.000 dólares y que son parte de un negocio redondo que se queda en familia. En un país,  donde el 47% de la población vive bajo el umbral de la pobreza extrema, es un completo despilfarro e irrespeto.

Resulta evidente, aunque algunos no lo quieran ver así, que todo este derroche de parafernalia no es más que un simbolismo y una representación física del poder absoluto y autoritarismo con que el Gobierno hace y deshace a su antojo en una ciudad donde las decisiones no se discuten, sólo se cumplen, por más cuestionables, inmorales o de mal gusto que éstas sean. Con este eterno Festival de la Luz que caracteriza a Managua sólo se quiere disimular la oscuridad que lamentablemente cobija a nuestros vecinos del norte. ¿Cuándo les llegará la verdadera luz hacia un mañana mejor? La respuesta es aún incierta… Ortega quiere reelegirse.

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