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Hay personas que aunque queramos que se vayan nunca se van y otras que, por más que queramos que se queden, tienen que irse. Así es en el trabajo, en la vida, en el amor… En la primera categoría hay muchos; dentro de la segunda, no tantos, afortunadamente. Sin embargo, cuando encontramos alguno nos duele por mil y nos sobrecoge un sentimiento de orfandad que nos hace sentir privilegiados por haberle conocido, pero desdichados, por tener que decirle adiós. Tal vez no lo veamos más, al menos en horas de oficinas, más sus enseñanzas hacen que permanezcan para siempre en la mente y el corazón de todos aquellos con quienes compartió.

Yo no sabía mucho de él cuando lo conocí en el 2007, siendo un joven veinteañero que hacía sus primeras armas en la empresa donde él ya era toda una institución. Sabía que era un alto gerente de la División de Nutrición Animal y miembro del Comité Ejecutivo de Corporación PIPASA pero aparte de eso no tenía mayores referencias sobre la persona que me acompañaba en mi primera gira de trabajo a Puntarenas. Él conducía y yo, al lado, de copiloto, en un viaje que se me hizo largo, no tanto por la distancia, como por la cierta intimidación que me producía ir sentado junto a uno de los grandes jefes de la empresa. ¿Qué me irá a preguntar, de qué vamos a conversar y si digo alguna imprudencia y si me regaña? ¿Y si le molesta que lo ande de chofer y más en estos calores porteños?

¡Cuán injusto puede ser uno cuando no conoce realmente a las personas! Ninguna de mis conjeturas se cumplió y más bien, cuando veníamos de regreso, me invitó, en un restaurante en San Ramón, a una tortilla con queso y un chocolate caliente que me supo a gloria después de una larga jornada laboral bajo un sol abrasador. Hablamos de la empresa, de mis años de estudiantes, de fútbol, de la vida, siempre anuente e interesado en escuchar más que ser escuchado, precisamente una de las cualidades valiosas del buen líder.

Días más tarde me enteraría que dio buenas referencias mías o que le había dejado una buena impresión, según me dijo mi jefa en aquel momento. La verdad, esa nunca fue mi intención, simplemente me permitió mostrarme y expresarme tal cual soy, libremente y sin falsas poses ni máscaras. Otra de sus virtudes, dar la confianza para que sus semejantes puedan ser ellos, auténticos y naturales, sin importar si el jefe está presente. En resumen, aquella anécdota fue un día de trabajo, un acompañante y dos lecciones valiosas.

A partir de entonces, transcurrirían ocho años en los que tendría el privilegio de volver a compartir con él, en reuniones de trabajo, en su oficina, o en la mía -cuando llegaba a saludar o soltar alguna broma: ¿Cuándo se casa? -, en fiestas y hasta en actividades benéficas. Siempre atento, respetuoso, alegre, jovial, humilde, en resumen, como diría un compañero, una teja de tipo. Estricto pero flexible, firme pero abierto a negociar, directo pero respetuoso, crítico pero con actitud constructiva. Un caballero en todo el sentido de la palabra. Más que un jefe, un líder innato, con un sinfín de hijos e hijos a los que orientó con la vocación de un padre amoroso, brindándoles el consejo justo y la motivación oportuna.

Su rol dentro de la empresa no se limitó a cumplir planes estratégicos y proyecciones de venta. Si bien su nombre está ligado a la exitosa trayectoria de una empresa de casi medio siglo de vida y es considerado el primero en vender un saco de ASCAN, había algo que le satisfacía mucho más que sus múltiples logros en alimentos para mascotas y Concentrados Aguilar y Solís. Su misión en la compañía fue ser el pilar y guía para formar un equipo de excelencia y alto desempeño integrado por buenos profesionales y excelentes seres humanos, dispuestos a potenciar sus habilidades y combatir sus defectos, tanto en el trabajo, como en la vida misma.

“Si no aprende a bailar, no puede seguir en este Departamento”, le espetó a un compañero, quien, no sabemos si impulsado u obligado por la inapelable sentencia, se lanzó a pista a moverse al ritmo de música típica en la pasada festividad patria. “Usted tiene que aprender a hablar en público”, le diría en otra ocasión, luego de que el mismo compañero, ante la presencia del gran jefe, en una de sus primeras charlas frente a clientes, sufrió un bloqueo mental que lo hizo olvidarse de todo menos del trauma que le significó aquella anécdota. Días atrás, en la despedida laboral de ese mismo que le provocó el trago amargo, se paró frente a todo mundo a dedicarle un sentido mensaje cargado de cariño y admiración. Logró vencer sus temores y todo gracias al empuje que le brindó el jefe, el Patrón, la Gata, don George, o como usted quiera llamarle a este señorón que se va pero no se va.

Él se queda, ¡claro que se queda!, ya no en la oficina donde lo recibía a uno con un emotivo “¡Qué categoría!” si no en los recuerdos de quienes tuvimos la dicha de ser aconsejados, regañados, orientados o simplemente vacilados por el profesional, padre, esposo, compañero y amigo, al que hoy despedimos con un nudo en la garganta, lágrimas en los ojos y sentimientos a flor de piel. ¡Así, como se despide a los grandes! ¡Así, como se despide a un hombre admirable que pasó por nuestras vidas dejando huella y siendo ejemplo para una gran familia que hoy se une para despedir y agradecer a su mayor patriarca: ¡Hasta siempre don Jorge Guevara!

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