Lake-Atitlan-Guatemala

Ni siquiera he salido del aeropuerto y ya había conocido el Lago Atitlán, Esquipulas, un mercado de artesanías y hasta la infaltable en una mesa de tragos… la cerveza Gallo.

No es que recién bajado del avión haya adquirido por intercesión divina de algún Dios Maya, la capacidad inmediata de tele transportarme, sino que una serie de banners publicitarios hicieron que me trasladara hacia algunos de esos sitios emblemáticos de la rica y diversa cultura chapina e incluso degustara con moderación su tradicional bebida alcohólica por excelencia.

¡Cómo me iba a negar ante semejante invitación! Fue entonces cuando los sentidos se afinaron y encontraron cómplice en la emoción que me sobrevino de repente, estimulada por el poder inconmensurable de una imaginación inquieta que evoca hechos que marcan para siempre.

En mi camino hacia el exterior del aeropuerto recordaba, no con poca nostalgia, los cinco años de ensueño que viví en Guatemala durante mi época de colegial. Fue un dejavu inmediato que me condujo, nuevamente, a recorrer en lancha el lago hasta llegar al poblado de Santiago Atitlán, perderme en los laberintos de un mercado en busca de alguna indígena que se apiadara de mi limitada habilidad para el regateo y una noche de fiesta con los compañeros del cole en un bar de la Zona Viva.

Cuántas historias, cuántos recuerdos! El golpe sentimental surtía un efecto inmediato. No me extrañaba, me suele suceder a menudo, especialmente con los lugares especiales que ocupan un sitio de honor en mi mente y mi corazón. Así me sucedió en mi antigua casa de Tibás y más recientemente en mi segundo hogar de Guadalupe, donde conviví más de diez años junto a mis abuelos hasta que uno de ellos faltó.

Hace pocos días, a mi ingreso al aeropuerto de Guatemala, acabando de pisar tierra foránea que sentía propia, me estaba volviendo a ocurrir. No hizo falta llegar a la casa a que la perrita se abalanzara sobre mí a darme la bienvenida con un ataque de emoción desbordada o ir a almorzar a un restaurante de carnes cercano al residencial de la zona 11 que me sirvió de hogar.

No, fue apenas ingresando al aeropuerto de Guatemala. Totalmente intempestivo e inesperado. Dios guarde ya adentrándome en sus entrañas para rememorar con cariño años maravillosos que se resisten a caer en el infortunio del olvido. Si recordar es vivir, puedo decir que, ese día, viví a plenitud. Bien dicen que la vida es un momento que, en mi caso, se extendió un lustro.

Tenía más de un año de no venir y ella, mi segunda patria, no me recibía con reproches ni malos modos, sino más bien exhibiendo sus galas de preciado tesoro natural, coqueteándome, provocándome a reeditar tiempos pasados que deben volver. Es como la madre amorosa que siempre te espera ansiosa, con los brazos abiertos y el beso a flor de labios, para agradecerte por tu esperado regreso y nunca reprocharte tu prolongada ausencia. No hay espacio para las explicaciones ni las justificaciones, yo no las tengo y ella no las necesita. Que falta de tiempo, exceso de trabajo, simple descuido… “No tengas pena mi hijo, lo que importa es que estás aquí pues”, parece decirme ella con voz fraternal antes de darme un caluroso abrazo. No hay resentimientos ni molestias, solo infinitas muestras de gratitud por el reencuentro.

Como madre que es, imperfecta en su proceder por más buenas intenciones que tenga, así como muestra sus virtudes tampoco oculta sus defectos. Fui testigos de ellos al salir del aeropuerto y ver las callas atascadas de carros y camionetas que se creen dueños y señores del pavimento, casas de zinc destartaladas resguardando numerosas familias, locales comerciales sucios y desvencijados, agolpados en una estrecha calle al mejor estilo de mercado persa, trágicas noticias de asesinatos y asaltos que me recetan una dosis de realidad que lamento como propia.

Sin embargo, pienso, que si fuera perfecta no sería tan buena madre. Acaso hay alguna que lo sea en un cien por ciento. ¡Ninguna! Y es precisamente esa debilidad humana que cobija su noble corazón, la que nos recuerda que no la podemos abandonar, que confía en nosotros, su familia, para hacerla renacer y seguir adelante con renovados bríos en el combate de sus carencias y el fortalecimiento de sus virtudes.

Añoro ver muy pronto a mi segunda patria cada vez más feliz y radiante, recibiéndome en el aeropuerto con sus mejores galas y a la espera de un cumplido que, como madre buena, estaremos orgullosos de gritarle, al unísono, todos nosotros, sus privilegiados hijos (propios y adoptivos): ¡Que bella estás mi Guatemala!

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