Feliz-Navidad-y-Prospero-Año-Nuevo-20141

Bueno, un año más, y el gordo navideño me volvió a pasar de largo… ni el humo le vi. El más  querido y odiado de la época tiene a algunos afortunados llorando de alegría mientras que otros, resignados, nos damos contra las paredes so pena de pegarnos otro gordo que también nos puede sacar lágrimas, pero de dolor: el pulgar de la mano.

¡Tranquilos todos,  que aún falta un sorteo de consolación! Pero, en apego al dicho, mal de muchos, consuelo de tontos, es probable que a ese también le andemos de larguito, jugándolo más por gula de frustración millonaria que por una verdadera convicción de que vamos a pegar tan siquiera terminación para recuperar la inversión de los pedacitos adquiridos.

Así que lo mejor, para no achicopalarse mucho, es pensar que viajando en bus, yendo a pasear al Puerto, comiéndose un helado de sorbetera en el Mercado Central o escribiendo un artículo desde el apartamento en San José y no desde el MGM Grand de las Vegas, también se puede ser feliz. Dirá usted que es un acto de resignación ante la desdicha de seguir siendo pobre –al menos en lo que a dinero se refiere- y que si hubiera llevado el 63 en lugar del 95 hoy estaría próximo a tomar un crucero rumbo a Aruba y no mi carro con destino a Manuel Antonio.

Pero, la pura verdad, es que tampoco uno necesita de ese mentado gordo para ser millonario. Al cabo que ni quería, como diría el Chavo. Recuerdo el caso de un señor, muy sonado en prensa nacional, que, sabiéndose ganador de lotería navideña, terminó peor de lo que estaba: con deudas de más, amigos de menos, y una pérdida de paz que ni una gruesa cuenta bancaria pudo devolverle.

¡Qué tirada! Ahora hasta para convertirse en millonario hay que estar preparado. No vaya a ser que ante la locura de ser dueño absoluto de múltiples y gruesos fajos de billetes caiga irremediablemente en la trampa del despilfarro y el síndrome del comprador y prestamista impulsivo, que termina como galleta soda en bolsa de borracho: totalmente quebrado y con la dignidad hecha añicos.

Lo malo es que muchos suman una vida de preparación y, por más que jueguen y jueguen todos los años, nunca verán ni la gruesa sombra del obeso personaje, y otros que, ni en cuenta del costo de una fracción, se vean sorprendidos con la noticia de que, sin mediar prueba alguna de aptitud, ya forman parte del selecto club criollo de ricos y famosos.

Así de cruel es la diosa fortuna. Por eso, para evitarle mayores decepciones navideñas –con el costo del marchamo tenemos suficiente- le sugiero que empiece a disfrutar de esos grandes regalos que nos está deparando el fin de año, como la resolución de la Corte Internacional de la Haya que nos acredita como ganadores indiscutibles en el litigio fronterizo con Nicaragua. En definitiva, con ese fallo todos los ticos nos pegamos el mayor del gordo de la diplomacia internacional.

Aún tenemos muchos otros gordos pendientes en temas de competitividad, combate a la pobreza, déficit fiscal, atracción de inversiones, costo de los servicios públicos, fomento al empleo, entre muchas otras cosas,  en las que, afortunadamente, no media el azar, pero sí el trabajo en equipo, la voluntad y el patriotismo del Gobierno y de todos los actores responsables del progreso de un país que merece mejor suerte en los años venideros.

Contribuir a lograr esta noble causa sería un regalo muy preciado que no se equipara a la suma de todos los gordos navideños juntos. Es parte de las cosas valiosas que el dinero no compra. Lo mismo sucede con esos pequeños detalles que engrandecen una época especial : los regalos, las fiestas, los tamales, las reuniones con nuestros seres queridos, la ayuda al más necesitado y todos esos momentos especiales que nos hacen sentir como ganadores del más importante de los gordos: el que nos convierte en millonarios de felicidad, paz, armonía, unión y corazones henchidos de bondad.

¡Feliz Navidad y Próspero Año 2016!

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