27006

Nada mejor que un baño de realidad urbana para no olvidar nuestras raíces. Después de varios años de andarle de larguito, si acaso tomarlo como sitio de paso, decidí lanzarme al ansiado reencuentro con mi querida y nunca bien ponderada capital. En compañía de unos familiares, adelanté el “avenidazo” para agosto y me adentré en una pequeña parte de las entrañas de ese emblemático y cautivante lugar, tan cercano y lejano a la vez, que constituye nuestra ciudad de San José.

En el fragor del corre corre y nuestro peregrinar autómata por este mundo (casa-trabajo y trabajo-casa-), olvidamos los auténticos tesoros culturales que se esconden, en mi caso, a escasos cuatro kilómetros de mi hogar, en La Uruca, desde donde puedo divisar algunos de sus puntos más representativos como el edificio del Banco Nacional o la cúpula luminosa de la Parroquia de Barrio México. ¿Que no hay plata para ir a las playas guanacastecas o que muy largo ir hasta los parques de aventura, en Monteverde? ¡Vaya y redescubra San José!

De entrada, como yo, tal vez se decepcione un poco al darse cuenta que, para bien o para mal, pocas cosas cambian en nuestro típico ecosistema capitalino. Quizá un poco menos de basura y más presencia policial -en buena hora por la limpieza y seguridad-, por lo demás todo sigue muy parecido a cuando acostumbraba caminar con mayor frecuencia por el bulevar de la Avenida Central.

Vendedores ambulantes por doquier, con sus cargas de baratijas que ofrecen al mejor postor, en uno y otro lado, mientras “juegan” a escondido con la policía que, ocasionalmente, se asoma, más para intimidar que para decomisar. “Lleve la bola loca”. “Vea a Alicia a través del espejo” “Le damos sus bufandas baratas”, se oye a lo largo de todo el bulevar en boca de estos comerciantes informales que, bolsa al hombro, andan como Colacho, de arriba para abajo, buscando clientes y evadiendo policías.

Siguiendo en nuestro zigzagueante y acelerado peregrinar, esquivando vendedores, codazos y mochilazos, no deja de sorprenderse uno con las típicas estampas matutinas de nuestro folclor josefino. Unos jóvenes “breakdancers”, enfundados en capuchas negras, montan el espectáculo al aire libre, mientras, a su lado, una estatua humana dorada, con un gallo amaestrado sobre el sombrero, sólo sale de su inmovilidad perpetua cuando algún parroquiano lo premia con un menudito. Más adelante, a un costado del Banco Central, unos señores, bien acicalados y catrineados, tocan marimba y ponen a bailar hasta el más circunspecto de los transeúntes… y al borrachito que nunca falta en una vela ni en un baile.

A espaldas de La Chola, toda toqueteada, la pobre, como amuleto de buena suerte, un grupo de ancianos se dedica a ver pasar el tiempo, como en la Puerta de Alcalá. Su mayor preocupación: clasificará Saprissa en la Concachampions, irá a llover en la tarde… De repente, alguno se despide, más por hambre que por aburrimiento, y otra toma su lugar. Pierna cruzada, rostro sereno, sonrisas afables… ¿En qué estábamos? Sigue la tertulia. Hasta dan ganas de sentarse a conversar con ellos.

¡Hora de almuerzo! Ni lo pensamos: Directo y con algunas escalas –un japonés hace malabares con una bola de cristal, la patrulla llega a recoger a un indigente intrépido- rumbo al Mercado Central. A un costado de la entrada principal, una señora honra el legado de Marito Mortadela y, maracas en mano, se desgalilla con cánticos religiosos que la tienen al borde de la disfonía: “Hazle caso a tu mamá, hazle caso a tu papá y verás como el señor larga vida te dará” repite el estribillo incesantemente.

Ya dentro del mercado, después de recorrer la Avenida Central y empaparnos un poco de la historia de joyas arquitectónicas –el Teatro Nacional- y de nuestros antepasados precolombinos –Museos del Banco Central- era hora de recargar energías y nada mejor que hacerlo en una de esas sodas donde las dependientes compiten por capturar al más comelón: “Qué le damos amor, venga aquí tenemos una mesa para usted”. Escogimos la Soda Tapia, a la par de la Soda San Martín (otro de los baluartes del Mercado, con más de 50 años de existencia) y pedimos sopa negra, arreglado, fresco natural y, de postre, una ensalada de frutas con helado y gelatina. Yo preferí comprarme un helado de sorbetera de don Lalo Mora, los originales desde 1901. ¡Un manjar de dioses!

Cuánta historia, cuántas figuras públicas atendidas, cuántas anécdotas esconderán las paredes de los locales más emblemáticos. Sus dueños y la imagen del Corazón de Jesús, que marca el puro centro del Mercado, son testigos de lo que ha acontecido a lo largo de los años en este mundillo tan particular y pintoresco donde nunca se pierde la capacidad de asombro. “El gato mordió al perro, el gato mordió al perro”, gritaba un viejito trastornado que, mostrando La Teja, interrumpió la tranquilidad de nuestro almuerzo.

¿Faltaba algo más por ver? ¡Claro! Las yerbas medicinales que curan desde el asma hasta el furor uterino, el gallo pinto con natilla servido sobre una tortilla con queso, a la viejita vendedora de lotería que “si no me muero aquí me encontrará todos los días”, el pescado fresco como recién salido de las aguas del Pacífico, las chotas deportivas y de política, los suvenires, las artesanías….

Podría seguir la lista, pero mejor que sea usted quien lo descubra con sus propios ojos, nariz, orejas, paladar, manos… San José, todo un deleite para los sentidos. Pronto volveré. ¿Se apunta? Queda mucho por descubrir.

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