fiestas navideñas en familia

Cada vez me convenzo más que Carlos Gardel tenía razón cuando decía que 20 años no es nada. Precisamente ese es el tiempo que tiene mi familia de vivir en Guatemala, yo de haber ingresado al colegio y Figueres de haber dejado la Presidencia; todos, como habrán notado, muy bonitos recuerdos.

Dos décadas han transcurrido también desde que el historiador Oscar Aguilar Bulgarelli, escribió un artículo para la Cámara Nacional de Radio (CANARA), intitulado Aires de Navidad. Forma parte de una recopilación de comentarios que el autor compiló en su libro Contrapunto, el cual me encuentro leyendo.

El artículo en cuestión se publicó en noviembre de 1997, pero se encuentra más vigente que nunca, como suele suceder con muchos otros de sus escritos de diversas temáticas sobre la realidad costarricense como la política, la educación, la cultura y hasta nuestro desvirtuado “modus vivendi” de Semana Santa.

Pero como nos encontramos inmersos en una época de alegría y lo menos que quisiera es arrebatarle ese sentimiento a los lectores poniéndome a hablar del “cementazo”, corrupción, politiquería y demás yerbas disuasivas del espíritu navideño, eso lo dejaré para una próxima ocasión y, de momento, me limito a preguntarles si lo anterior será mera coincidencia o es que, en realidad, 20 años no solo no es nada, sino que también ha sido tiempo insuficiente para hacer algo.

El tiempo se detuvo

Les dejo la respuesta de tarea. Mientras tanto, volviendo a lo que nos compete, el autor nos dice: “… la rapidez con que pasa el diario vivir, las urgencias con que debemos lidiar permanentemente, el rápido acontecer de la vida cotidiana, o tal vez la esperanza de que algunos cambios nos procuren mejores días, han hecho que mil novecientos noventa y siete sea un año que se nos escapó de las manos, casi sin darnos cuenta.”

Confieso que tuve que releer varias veces la fecha de publicación para cerciorarme que efectivamente había sido escrito en 1997 y no ayer o la semana pasada. Salvo la alusión que hace al portal, al árbol de navidad y los tamales de 1996 –que, dicho sea de paso, tampoco deben ser muy distintos a los de ahora-, todo lo demás parece haber sido calcado al carbón.

Si ya desde hace dos décadas se venía presentando este inquietante fenómeno, no quiero imaginarme lo que ciertos factores más recientes, como el materialismo, el consumismo y la deshumanización, han provocado en la sociedad actual, donde importa más un masivo alcance orgánico en redes sociales que nos infle el ego que una conversación cara a cara que nos reconforte el alma.

Me encuentro de visita en Guatemala y la verdad es que el panorama no dista mucho al que se ve a diario en Costa Rica, sea hoy, o 20 años atrás. Entre compras, fiestas, tragos y juergas, nos olvidamos de lo más importante. Son muchos los llamados que desde diversos medios se hacen para recobrar el verdadero sentido de la Navidad. Tantos que ya suena a lugar común escribir del tema. Sin embargo, consciente de que los avances logrados no han sido igual de comunes, uno mi voz a ese clamor generalizado en pro de una justa y correcta dimensión del significado real de estos días postrimeros del calendario.

Los valores navideños

Cuánto me gustaría que en lugar de recetarnos “chinamos, fiestones, parrandones, procacidades, ombligos y siliconas”, como afirmó don Oscar Aguilar, en otro de sus artículos, publicado en el 2003 -¿o será del 2017?- los medios de comunicación, en conjunto con los hogares y centros educativos, contribuyeran a rescatar del ostracismo esos preciados valores que deberían prevalecer para que estas fiestas sean verdaderamente felices.

Qué bueno sería empezar a grabar, no en las historias de Instagram, sino en nuestra mente y corazón la voz amorosa de un ser querido, el sincero “te perdono” o “te quiero” de un pariente olvidado, cuyo valor no se puede resumir en 280 caracteres; o la satisfacción personal que brinda tender una mano solidaria al más necesitado, aunque mis seguidores en Facebook nunca se enteren ni conviertan en viral mi “desinteresado” gesto altruista.

“No me cabe duda que algún día lamentaremos no haber hecho lo posible por disponer de ese tiempo, y cuando nos demos cuenta ya no podremos disfrutar de los elementos esenciales y trascendentes de la existencia”, agrega el escritor, en Aires de Navidad. ¿Será que ya llegó ese día? Es responsabilidad de todos evitarlo y no esperar a que pasen otros 20 años, cuando ya sea demasiado tarde. O, como diría Gardel, cuando tengamos que vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloramos… una y otra vez.

 

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